Isabela guardó silencio por un segundo y luego le contestó a su madre:
—Vino un grupo entero. Básicamente todos los familiares por parte de mi papá que siguen vivos se presentaron.
—Fácil eran unas quince o veinte personas, la verdad ni los conté. Todos amontonados en mi oficina gritando y exigiéndome que les consiguiera trabajo, y querían que les diera una casa y un coche a cada uno.
—Mis abuelos tuvieron el descaro de exigirme que le repartiera diez millones de pesos a cada hermano de mi papá. Como escucharon que me tocaron cientos de millones de pesos con el divorcio, dijeron que una persona sola no puede gastar tanto dinero y que tenía que darles su parte.
—Dijeron que somos familia, que ya pasó lo que pasó y que ellos se equivocaron en el pasado, que no deberíamos guardar rencor después de más de veinte años. Y, por supuesto, la clásica excusa de que llevo la sangre de los Romero y que al final todos llevamos el mismo apellido.
—Hablaron y hablaron de más estupideces, y cuando rechacé todas sus exigencias, se me echaron encima. Llamé a la policía, y cuando los oficiales llegaron, los encontraron atacándome, así que se los llevaron a la comandancia.
—Mi cara terminó así durante el ataque, pero la verdad, mamá, yo dejé que me dieran esas dos bofetadas a propósito. De no haberlo hecho, no tendrían bases para encerrar a los que me golpearon.
—Tener a algunos detenidos en los separos hará que al menos le piensen dos veces antes de intentar algo parecido otra vez.
—Aun así, no creo que con esto se asusten para siempre. Seguro les está yendo bastante mal, y ahora que saben que tú y yo estamos forradas, vinieron encima de nosotras como plaga de langostas.
Isabela ya se había hecho a la idea de que esta sería una guerra larga.
Vanessa tenía el rostro pálido de rabia y dijo con coraje:
—¡Qué infelices! Con lo desalmados y egoístas que fueron con nosotras, y ahora que nos va bien vienen como si nada a querer su tajada. ¡Ni de chiste!


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