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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 941

Isabela odiaba con toda su alma a los parientes de su padre. Con solo pensar en ellos, sentía que jamás podría perdonarlos.

Lo mejor sería no tener ningún tipo de contacto y no meterse en la vida del otro.

Pero la familia Romero simplemente tenía que buscarle problemas. Que luego no la culparan por no contenerse.

—Mamá, mi abuela está enferma. Al parecer, es algo terminal. El chiste es que piden muchísimo dinero para el tratamiento y me están exigiendo que yo pague los gastos médicos. También quieren que me los traiga a los dos a vivir conmigo para que me haga cargo de mantenerlos.

—Me negué, por supuesto. Tienen muchos hijos y un montón de nietos, ¿por qué tendría que hacerme cargo yo sola?

—Si de verdad quieren que pague, que me demanden. Pagaré lo que dicte el juez y ni un peso más, pero si creen que voy a cuidarlos hasta que se mueran, están muy equivocados.

Al escuchar a Isabela, Vanessa se sintió un poco más tranquila. Al menos su hija no permitiría que la familia Romero la manipulara.

Aun así, seguía furiosa. Solo de recordar lo que había pasado en aquel entonces, los ojos se le llenaban de lágrimas.

Cuando su esposo falleció inesperadamente y ella aún estaba sumida en el dolor, su cuñado había intentado sobrepasarse con ella. Cuando lo rechazó, intentaron deshacerse de ella y de su hija para dejarlas en la calle.

Incluso se adueñaron del patrimonio que compartía con su esposo: la casa y el restaurante. Todo eso les pertenecía como pareja.

Su esposo había sido un buen hombre, pero su familia era completamente despiadada. Mientras él vivía, era muy dedicado a sus padres y afectuoso con sus hermanos. Y aunque ella de vez en cuando tenía roces con su familia política, su marido siempre intervenía para mediar y todos se la llevaban bastante bien.

Pero en el instante en que murió, todos mostraron su verdadera cara.

Nunca imaginó que sus suegros y su cuñado pudieran ser tan crueles.

—Señora, póngale este hielo a Isabela en la cara para bajarle la hinchazón.

Álvaro trajo unos cubos de hielo.

—Señora, señor, no se preocupen. Conmigo aquí, no permitiré que nadie le haga daño a Isabela.

La señora Fátima también se apresuró a intervenir:

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