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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 100

Mientras tanto, Elías, junto con el señor Rodrigo y la señora Jimena, regresó a la ciudad.

Luego, condujo solo a casa.

Originalmente, pensaba ir a su otra villa, pero a mitad de camino, dio la vuelta y tomó la ruta hacia su hogar.

Quería saber si Isabela había vuelto.

En todo el día, ella no le había llamado ni enviado un solo mensaje.

Él, por supuesto, tampoco lo había hecho.

Jimena le había enviado mensajes, pero él le dijo que no se metiera.

Había sido demasiado bueno con Isabela, y eso la había vuelto arrogante.

«Definitivamente, a las mujeres no se les puede consentir. Les das un poco y se te suben a la cabeza».

Pronto, el coche de Elías llegó a la entrada de su casa.

Tocó el claxon un par de veces.

Ana salió rápidamente a abrirle la reja.

Elías bajó la ventanilla y preguntó:

—¿Está la señora Silva en casa?

—¿La señora Silva no estaba con usted, señor? —respondió Ana—. No la he visto regresar.

Sabía que el señor Silva había ordenado tirar la maleta de su esposa, pero pensó que, como la señora Silva lo amaba tanto, seguramente cedería ante él.

El rostro de Elías se ensombreció. «Si ya volvió a la ciudad, ¿a dónde fue? ¿Habrá ido a casa de su familia? Aparte de eso, no tiene a dónde más ir. No, espera, sí tiene dos lugares a donde ir: la casa de su mejor amiga o la pequeña villa que le regalé. Como ya está a su nombre, ahora tiene su propia casa».

Elías especulaba sobre el paradero de Isabela, pero no dijo nada más a Ana y entró con el coche.

***

Minutos después.

Esta vez, la señora Silva se había pasado de la raya.

El señor Silva estaba enfermo y ella todavía se ponía a pelear con él.

Como decía el señor Silva, si no fuera por la señora Jimena, ¿de verdad creía que podría ser la señora Silva?

—…Que no me cuidara sí me dolió un poco.

—Ana, ¿no sientes que Isabela ha cambiado? Antes se preocupaba mucho por mí. Si estornudaba, se ponía nerviosísima.

—Ahora tengo fiebre alta, me duele la cabeza, me siento fatal, y a ella no le importa.

—¡Y encima me mordió! Mira, Ana, me rompió el labio. Tiene más de veinte años y ni siquiera sabe besar. ¡Parece que me atacó un perro!

—Me dolió muchísimo. Reaccioné lento, pero si hubiera reaccionado más rápido, te juro que se la devolvía. Si no, no me llamo Elías.

Ana se quedó sin palabras.

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