—Ah, quizás estaba viendo cosas donde no las hay. ¿Isabela está en casa de su amiga? De acuerdo, ya entendí.
Después de dar un largo rodeo, Elías finalmente confirmó que Isabela estaba en casa de Mónica Torres.
Se sintió aliviado y su humor mejoró al instante, tanto que ya no insistió en invitar a sus amigos a tomar algo.
Colgó rápidamente y, tras sentarse un momento en el sofá, subió las escaleras.
Poco después, recibió una notificación de un cargo en su celular.
La tarjeta bancaria que le había dado a Isabela estaba a su nombre y vinculada a su número de teléfono, así que cada vez que ella gastaba dinero, él recibía un aviso.
Isabela había comprado bastantes cosas, como si estuviera desquitándose con las compras.
Después de ducharse, Elías se acostó en la cama. Las notificaciones de gastos seguían llegando a intervalos, pero no reaccionó. Dejó que gastara lo que quisiera.
Mientras ella estuviera contenta, todo estaba bien.
A fin de cuentas, si algo le sobraba, era dinero.
Ganaba tanto que no sabía ni en qué gastarlo. Que su esposa le ayudara a vaciar la cuenta le parecía justo.
Fue hasta pasadas las once de la noche que dejaron de llegar las notificaciones. Elías hizo un cálculo rápido: Isabela había gastado más de cien mil pesos esa noche.
No sabía qué había comprado, ni si le habría guardado algún regalito.
Ella lo había hecho enojar, así que lo justo era que le comprara un regalo para contentarlo.
Con esos dulces sueños, Elías se fue quedando dormido.
Pero no durmió bien. Tuvo pesadillas constantes que lo despertaban una y otra vez.
Al despertar se sentía mal. Se tocó la frente y la sintió ardiendo de nuevo.
Durante el día, había tomado una dosis de su medicina y la fiebre había bajado, pero no se tomó las dos dosis siguientes.
El ama de llaves no pudo convencerlo.
Elías siempre sentía que estaba en perfecta forma. A veces se resfriaba o le daba fiebre, pero nunca como esta vez, con recaídas constantes.

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