El rostro de Rodrigo estaba tan negro como el carbón.
Isabela no volvió a sentarse, sino que sentenció:
—Solo vine a traerte esto. Checa todo por tu cuenta y ponte a investigar quiénes son esos tipos. A mí ni me preguntes, porque no tengo idea. Tampoco tengo la habilidad para conseguirle a tantos cabrones a la vez.
Tras decir eso, Isabela dio media vuelta y salió de la oficina.
Rodrigo no intentó detenerla. Cuando se quedó solo, volvió a tomar las fotos y las revisó una y otra vez. Ya no tenía dudas: la mujer de las imágenes era Jimena.
Reconoció su anillo de compromiso y el collar que llevaba puesto. Era la misma joya que él le había regalado y que ella nunca se quitaba.
A los hombres no se les veía la cara, solo espaldas y perfiles, pero el rostro de Jimena sí había sido captado con claridad.
Y en cada foto, el hombre era distinto.
¿Cómo era posible que Jimena hubiera...?
Sentía que la sangre le hervía de puro coraje.
Ella se había atrevido a hacerle un berrinche y reclamarle por su aventura con la secretaria, cuando ella ya se había acostado con sabe Dios cuántos cabrones.
Y para colmo, en el piso. Se notaba lo mucho que le urgía.
Isabela había logrado deducir por la expresión de Jimena que probablemente la habían drogado, pero Rodrigo estaba tan cegado por la rabia que ni siquiera se percató de ese detalle, o simplemente lo ignoró.
Como esposo, ver fotos de su mujer revolcándose con otros hombres era algo que le destruía cualquier intento de mantener la calma.
Incluso sabiendo que él mismo le había fallado a su matrimonio, le resultaba imposible tolerar que ella se hubiera involucrado con tantos al mismo tiempo.
La evidente expresión de placer de Jimena en las imágenes fue como clavarse puñales en los ojos.
Tardó varios minutos en reponerse del impacto.


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