Elías se quedó mirando la foto del desayuno que publicó Isabela por un largo rato, sin deslizar la pantalla.
Ella sí que la estaba pasando bien.
Viviendo en casa de su amiga, comiendo los mariscos que Adrián le había llevado.
El huevo benedictino con langosta que preparó se veía deliciosa.
A Elías no se le antojaba la comida, lo que le molestaba era que, desde que se casaron, Isabela no había vuelto a cocinar para él.
Antes, cuando él no vivía en su pequeña casa, era comprensible que no le preparara nada.
Pero esos últimos días, que había estado en casa por el fin de semana, ella no había tenido ningún detalle.
Incluso esa tarde en la villa de la playa, cuando Jimena comentó que Isabela cocinaba muy bien, él quiso pedirle que preparara los mariscos y cocinara un festín para todos.
No era solo para Jimena y los demás, él también iba a comer.
Si lo amaba, ¿qué tenía de malo prepararle una cena de mariscos?
Pero ella se había negado.
Elías le dio “me gusta” a la publicación, aunque lo quitó casi al instante.
Después de quitarlo, esperó unos minutos y volvió a dárselo.
«Bueno, seré magnánimo. No voy a discutir por pequeñeces», pensó.
Así que le dejó el “me gusta”.
Tras pensarlo un poco, no pudo resistirse y comentó: [¿Qué tal está? ¿Muy rica? ¿El sabor es dulce?]
[Hace mucho que no como el huevo benedictino con langosta.]
Esa última frase era una indirecta para que Isabela le preparara una alguna vez.
No es que se le antojara, pero si se la había preparado a Mónica, él también quería.
En el corazón de ella, su lugar debía estar por encima del de Mónica.
Después de dar “me gusta” y dejar su comentario, Elías cerró Instagram y no volvió a mirar.
Ya era hora de irse a trabajar.

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