—Yo tengo suerte todos los días —rio Álvaro—. Cada vez que vengo, me reciben con un desayuno delicioso y muy completo. Ya sea que lo prepare la señora Ortiz o usted, tía, siempre está riquísimo. Me encanta.
—Vengo tan seguido a desayunar que siento que ya subí un par de kilos, es que cocinan demasiado bien.
*Este es un adulador de primera, ni siquiera lo piensa antes de hablar*, se quejó Elías en sus pensamientos.
La señora Ortiz y la tía cocinaban bien, pero Álvaro estaba acostumbrado a los mejores restaurantes y tenía un paladar muy exigente. Aun así, adulaba la comida casera de la familia Romero como si fuera un banquete gourmet.
Todo para ganarse su favor.
Probar la comida preparada por Isabela, eso sí era la verdadera felicidad.
En el pasado, Isabela solía cocinarle muy seguido. Le preparaba caldos nutritivos y se los llevaba personalmente a la oficina.
Eran atenciones que Álvaro aún no había tenido el privilegio de disfrutar.
Pensar en eso hizo que Elías se sintiera un poco más tranquilo.
Isabela lo había amado de verdad, mucho más profundo de lo que amaba a Álvaro.
—Entonces tendrás que comer bastante —dijo la tía riendo. Luego miró a Elías, y su sonrisa se desvaneció un poco—. Señor Silva, usted no está bien de salud, no debería andar dando tantas vueltas. Debería quedarse en casa descansando.
—Tía, sé que Isabela descansa hoy y quería venir a verla. Corté estas flores frescas del jardín de mi casa para ella. Quiero que su estado de ánimo sea tan radiante como estas flores todos los días.
La tía miró de reojo a Álvaro y, con expresión de no tener más remedio, se hizo a un lado para dejar entrar a Elías mientras le decía:
—Cuando Isa lo vea, seguro que lo va a regañar otra vez.
—No importa —respondió Elías mientras caminaba—. Si me regaña es porque se preocupa por mí, no me molesta.

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