La señora Morales estaba tan consumida por la angustia que no había podido probar bocado. Tenía los ojos rojos y muy hinchados; el llanto había hecho estragos en ella.
Al ver entrar a Álvaro, se acercó y le dijo con la voz quebrada:
—Álvaro, tu hermana... ella...
Álvaro la tomó de las manos para tranquilizarla:
—Mamá, Caro va a estar bien. Además de esa llamada exigiendo los cien millones, ¿han vuelto a llamar?
—Sí, llamaron una vez más. Dijeron que ya sabían que habíamos contactado a la policía. ¿Acaso tienen ojos en todas partes? ¿Cómo se enteraron?
—Yo les dije que no llamaran a las autoridades, que solo querían dinero y que debíamos pagar para recuperarla cuanto antes. Pero tu papá insistió. Y ahora los secuestradores ya no contestan. ¡No tengo idea de cómo está Caro!
—Nos llamaron para insultarnos por meter a la policía. Con una voz horrible, nos amenazaron diciendo que al parecer no queríamos a Caro con vida, y luego colgaron. Cuando intentamos rastrear el número, resultó ser el teléfono de una tiendita. El dueño nos dijo que alguien le había pedido prestado el aparato.
—Ya lo rastreamos, las dos llamadas salieron de La Colina del Este. La policía, junto con Vicente y Marco, ya salieron para allá.
La señora Morales rompió en llanto otra vez:
—Si a Caro le llega a pasar algo malo, será culpa de tu padre.
Tras aquella segunda llamada, la señora Morales había estallado en llanto y discutido a gritos con su esposo, acusándolo de haber condenado a su hija.
Álvaro hizo lo posible por contenerla.
Isabela también se acercó, tratando de brindarle apoyo moral.
—Álvaro, ¿cómo vas con tu investigación? ¿Averiguaste quién se llevó a Caro? —le preguntó Esteban Morales con voz grave.
Álvaro negó con la cabeza.
—Solo de imaginar el peligro en el que está... me da terror. Ojalá me hubieran llevado a mí. ¿Por qué no agarran a una anciana como yo en vez de meterse con mi niña?
Las lágrimas de la abuela volvieron a brotar y, al escucharla, la señora Morales también comenzó a llorar de nuevo, aterrorizada por lo que Caro pudiera estar sufriendo.
Pero algo seguía siendo un misterio: ¿Cómo se enteraron tan rápido de que habían avisado a la policía?
¿Habría algún infiltrado entre ellos? ¿O acaso les habían puesto micrófonos en la casa?
Además, los empleados no estaban al tanto de la situación; a todos se les había dado el día libre bajo distintos pretextos para evitar que algún chisme se filtrara.
¿Acaso la casa estaba bajo vigilancia de los delincuentes?
Esa gente parecía estar un paso por delante en todo.

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