Elías se dio la vuelta y regresó a la casa.
Isabela realmente se metió en el baño. Si iba a actuar, tenía que hacerlo de manera convincente.
Poco después, Rodrigo y Jimena regresaron.
El mayordomo se acercó al señor Méndez y anunció:
—Señor, señora, la comida está servida.
—Elías, Isa, vamos a comer —dijo el señor Méndez.
Elías asintió. Se levantó, le tendió la mano a Isabela, la tomó y caminaron juntos y acaramelados hacia el comedor de la familia Méndez.
Durante la comida, al ver cómo Rodrigo atendía a Jimena con tanto esmero, Elías también se esmeró en su papel. No paraba de servirle comida a Isabela en el plato, como si las dos parejas estuvieran en una competencia para ver quién era la más amorosa.
Isabela comía felizmente. Aunque los platillos no eran sus favoritos, no era quisquillosa; los platos que a ellos les gustaban, a ella también.
Jimena, con cubiertos, le peló dos camarones a Rodrigo.
Elías la observaba con una mezcla de envidia y celos. A su lado, Isabela solo se dedicaba a comer y comer, sin mostrar la más mínima consideración por él. ¡Y eso que le pagaba una fortuna!
Quizás al sentir el descontento de Elías, Isabela levantó la vista. Vio a Jimena pelando camarones para Rodrigo, luego miró a Elías y, comprendiendo la situación, le sirvió varios camarones en su plato.
— Mi amor, chúpate las cabezas y las cáscaras, es donde está todo el sabor. A ti que te gusta aprovechar las sobras.
No pensaba pelarle los camarones. En su vida pasada, cada vez que comían juntos y había pescado o camarones, ella era muy atenta. Le servía el pescado después de quitarle todas las espinas, y le pelaba los camarones. ¿Y de qué sirvió toda esa dedicación y esmero?
Elías no probaba la comida que ella le servía ni las sopas que le preparaba. Temía que le pusiera algo en la comida para drogarlo y acostarse con él. Hasta el día de su muerte, siguió siendo virgen. Elías nunca la tocó por miedo a que ella lo manipulara, consumando el matrimonio y traicionando a la mujer que él amaba. El gran señor Silva debía mantenerse puro para ella.
En esta vida, no pensaba hacer nada que no le trajera ningún beneficio.
Tras las palabras de Isabela, todos en la mesa se quedaron mirándola.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda