La señora Silva parecía... diferente.
No sabía si fue por haber entrado en la habitación de Elías, pero esa noche Isabela volvió a soñar, reviviendo su vida pasada.
En el sueño, se comportaba como una loca.
Para conseguir el amor de Elías, atacaba a Jimena en cada oportunidad, pero siempre terminaba perdiendo ante ella.
Hasta el día de su muerte, fue la perdedora en la batalla contra Jimena.
También soñó que, después de morir, fue Elías quien recogió su cuerpo.
Le compró una tumba y le dio un entierro digno.
Desde que la mataron hasta su funeral, nadie más apareció.
Ni siquiera su propia madre.
A Isabela le dolió el corazón.
Sabía que su madre también estaba completamente decepcionada de ella, que pensaba que era demasiado dramática, demasiado loca.
Las lágrimas de amargura rodaron por sus mejillas.
En el sueño, Isabela estaba desconsolada, llorando a mares.
Después de una noche de pesadillas, se despertó con ojos hinchados de tanto llorar. Como no había dormido bien, también le dolía la cabeza.
Quería seguir durmiendo, pero el estómago le rugía de hambre.
Para calmar a su estómago, Isabela se obligó a levantarse.
Se aseó a toda prisa, se cambió de ropa y, sintiéndose un poco mejor, abrió la puerta para salir.
Justo al abrirla, vio a Elías parado frente a la puerta de su habitación. Ana estaba de pie un poco más adelante, respondiéndole con respeto.
Inmediatamente, cerró la puerta en silencio, dejando solo una pequeña rendija para poder escuchar su conversación.
—¿Quién me trajo a casa anoche? —preguntó Elías con voz gélida a Ana.
—El chofer y la señora Silva.
La mirada de Elías se volvió helada y frunció el ceño.

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