Jimena, por su parte, durmió hasta casi mediodía.
Isabela recordaba cómo la expresión de Elías se ensombreció al verla aparecer con aspecto somnoliento.-
El verdadero propósito de Elías al ir tan temprano era pasar más tiempo con Jimena, pero ella dormía hasta tarde.
«Ya que le gusta tanto, seré considerada con él. Iremos al mediodía», pensó Isabela.
Ahí estaba, siendo la esposa más considerada del mundo.
Mientras su mesada llegara puntualmente cada mes, ella podría interpretar el papel de esposa obediente a la perfección.
Ana frunció el ceño y le advirtió:
—Señora, la paciencia del señor Silva tiene un límite. Hoy no fue a la oficina y está dispuesto a acompañarla a visitar a su familia. Es una muestra de su aprecio por usted, no abuse.
«¿Aprecio?», Isabela se rio para sus adentros.
Elías solo estaba actuando. Y había que reconocer que tenía talento para ello; su actuación era tan convincente que incluso ella, que formaba parte de la obra, se había dejado engañar, incapaz de distinguir la ficción de la realidad, hasta que la hirió de la forma más profunda.
—Ana, soy yo la que va a visitar a su familia. Conozco la situación mejor que nadie. Ya dije que iremos al mediodía.
—Como muy temprano, saldremos a las diez y media.
Isabela bostezó y añadió:
—Tengo sueño, voy a dormir otro rato.
Dando dos pasos hacia atrás, cerró la puerta de un portazo.
Tras cerrar, Isabela se dirigió a su pequeño vestidor para cambiarse de ropa. Por supuesto, no iba a volver a la cama.
Sabía que Elías no tendría la paciencia para esperarla hasta las diez y media; seguramente subiría pronto a meterle prisa.
Efectivamente, unos minutos después, volvieron a llamar a la puerta.
Isabela ya estaba en el baño, lavándose la cara.
—La puerta está sin seguro, entra.

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