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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 45

Después de un buen rato, Isabela se acercó a Elías. Se inclinó, acercando su rostro al de él, y lo miró de cerca.

Elías también la miró.

Sus miradas se encontraron.

Isabela sintió que los ojos de ese hombre eran insondables, como un abismo sin fondo que no podía explorar.

Y era realmente guapo, el hombre más apuesto que había visto en su vida.

Elías y Rodrigo eran amigos de la infancia. Desde que su madre se casó y entró en la familia Méndez, Isabela veía a Elías con frecuencia.

En su vida pasada, él la cortejó durante tres meses y fue suficiente para que ella se casara con él, perdidamente enamorada, con un amor tan profundo como el mar.

Ahora que lo pensaba, probablemente ya sentía algo por él desde antes, pero había reprimido sus sentimientos, sin atreverse a mostrarlos.

Pero cuando él se proponía ser bueno con alguien, lo daba todo, en cuerpo y alma.

Ella, sin experiencia en el amor, no pudo resistir su ofensiva y cayó fácilmente en sus redes, hundiéndose en el abismo.

—Elías —preguntó Isabela en voz baja—, ¿no será que de verdad te estás enamorando de mí?

Elías la apartó con un empujón. La fuerza fue tal que Isabela cayó hacia atrás, sentándose de golpe sobre la mesita de centro.

—Isabela, mi corazón le pertenece a Jimena. Puedes pedirme dinero, puedes pedirme lo que quieras, pero no esperes mi corazón ni mi amor —dijo Elías con frialdad—. Te pedí que no mencionaras el divorcio no porque sienta algo por ti, sino porque te necesito para poder entrar y salir de la casa de los Méndez y ver a Jimena con frecuencia.

Isabela se levantó, llevándose una mano al pecho como si estuviera muerta de miedo. —Menos mal, menos mal.

Su reacción hizo que Elías frunciera el ceño de nuevo. No pudo evitar decirle: —¡Isabela, ya te lo he dicho, todo tiene un límite!

»¡Hagas lo que hagas, es imposible que me enamore de ti!

»Y te aconsejo que te olvides de tus sentimientos por mí, o la única que sufrirá serás tú.

»No te atrevas a hacerle daño a Jimena. Si lo haces, no esperes que sea amable contigo.

Isabela lo miró fijamente durante un rato. Su frialdad, sus advertencias crueles, resonaban en sus oídos y todavía le dolían en el corazón.

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