Después de colgar, dejó el celular sobre la mesa de piedra.
Como a ella le parecían demasiado pequeñas sus tazas, le pediría a Ana que le trajera una grande.
—Sofía y sus amigas están aquí. Ve y atiéndelas. En esta casa, tú eres la anfitriona, Ana es solo la administradora —ordenó Elías.
—¿Y cómo debo atenderlas? ¿Como tu esposa o como la dueña de esta casa?
—¿Cuál es la diferencia?
Isabela sonrió. —Si las atiendo como tu esposa, mi trato no será muy bueno. A ellas les gustas, así que son mis rivales. ¿Quién trata bien a sus rivales? Nos veríamos como enemigas a muerte.
»Les soltaría los perros para que las persiguieran, les gritaría que son unas descaradas hasta cansarme y las echaría a escobazos.
»Esa es mi forma de atender a mis rivales como tu esposa.
»Pero si las atiendo como la dueña de esta casa, entonces son invitadas, y además, amigas de mi cuñada. Por supuesto, tendría que tratarlas de maravilla, ofrecerles lo mejor de comer y beber, y mostrarles la casa con entusiasmo.
»Las invitaría a quedarse a cenar y, si quisieran, hasta podrían pasar la noche.
»Esa es la forma de tratar a los invitados como anfitriona.
Elías respondió sin pensarlo: —Eres mi esposa y también la dueña de esta casa. Tienes la obligación de mantener la paz aquí.
—Pero son las amigas de tu hermana. Si las trato mal, seguro que ella me buscará problemas. Me ganaría su odio sin razón, sufriría un daño emocional, tendría pesadillas por la noche, no podría dormir bien y, por lo tanto, no tendría energía para ganar dinero.
»Sería una pérdida tremenda.
Isabela enfatizó las palabras “pérdida tremenda”.
En cuanto terminó de hablar, Elías le dio un golpecito en la frente.
Fue tan rápido que ella no tuvo tiempo de reaccionar. El golpe la hizo soltar un quejido de dolor y se llevó la mano a la frente de inmediato.
¡De verdad le había dolido!
Él sabía pelear y tenía mucha fuerza.
—Tú me golpeaste en la frente con esta mano y me dolió muchísimo, así que yo te muerdo esta mano. ¿Ahora sabes lo que duele? ¿O sea que tú sí puedes pegarme y yo no puedo morderte?
»Elías, te lo advierto, si algún día me vuelvo tonta, será por tu culpa. Me golpeaste en la cabeza, me vas a dejar tonta.
Elías se quedó sin palabras.
¿Un simple golpecito en la frente la iba a dejar tonta?
Se fijó y vio que, efectivamente, tenía una marca roja en la frente, justo donde la había golpeado.
Su piel era tan blanca que la marca roja era muy evidente.
El señor Silva se sobó en silencio el brazo que su esposa le había mordido.
¡Esta mujer mordía como un perro!
—¿Por qué me pegas en la frente así de la nada y con tanta fuerza? Eres alguien entrenado, tienes una fuerza descomunal, ¿no te das cuenta?

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