Isabela no sentía ni una pizca de culpa.
Ni siquiera entendía por qué le había dado un golpecito en la frente.
Solo le estaba insinuando que debía darle alguna compensación.
¡Qué codo! La mandaba a hacer todo el trabajo sucio y ni siquiera quería compensarla. Si no lo hacía, pues no lo haría y punto. Se quedaría de brazos cruzados viendo cómo sus admiradoras lo rodeaban. Total, el que se fastidiaba era él, no ella.
Elías, al ser señalado, frunció los labios y, tras un momento, le preguntó en voz baja:
—¿De verdad te dolió mucho?
— Gritaste como si te estuvieran matando. Si tú sabes lo que es el dolor, ¿crees que yo no? ¡También soy de carne y hueso!
Elías la observó durante un buen rato, pero no se disculpó. En lugar de eso, volvió al tema anterior.
—Dices que sufriste grandes pérdidas. ¿Quieres dinero?
—Yo no he dicho eso.
—Ya te di diez millones de pesos como capital inicial, eso equivale a varios años de tu domingo —dijo Elías con frialdad.
—¿Quieres que te lo devuelva? ¿O me lo vas a descontar de mi gasto?
—¿Por qué te lo iba a quitar? Eres mi esposa, es normal que el marido gane el dinero y la esposa lo gaste.
Elías levantó su taza, bebió el té con elegancia y luego se quedó jugueteando con la taza vacía.
Su voz cálida y suave continuó llegando a los oídos de Isabela.
Era un hombre apuesto, y cuando dejaba de lado su frialdad, su voz era realmente agradable.
Cualquiera que fuera sensible a las voces se enamoraría de él al escucharlo.
—No te pediré que me devuelvas esos diez millones, pero si te doy el trato de esposa, ¿no deberías cumplir con tus responsabilidades como tal? Proteger a tu marido, evitar que otras te lo quiten.
Isabela hizo un mohín y dijo:
—De todas formas no te lo van a quitar, ¿de qué me preocupo?
—¡Me molestan!
—Si te molestan, ¿por qué no les dices que se vayan? Sofía es la que más te teme. Con que pongas mala cara y la mires feo, sale huyendo como si la persiguiera el diablo.
Se sentó a la mesa de piedra y se sirvió una taza de té para ella.
—¿Cómo las corriste?
La oscura mirada de Elías se fijó intensamente en sus hermosos rasgos.
En realidad, Isabela era más bonita que Jimena. Su belleza era natural, completamente auténtica, sin cirugías. Ni siquiera usaba productos para la piel; era una belleza de nacimiento.
Igual que su madre.
La señora Méndez ya pasaba de los cincuenta, pero se conservaba tan bien que parecía de treinta y tantos. Cuando estaba junto a Isabela, la gente pensaba que eran hermanas.
—Regresé a la casa, tomé un poco de agua y me puse a buscar una escoba por todas partes. Para cuando la encontré, ya se habían ido solas.
Los ojos oscuros de Elías brillaron.
«¿Así de fácil?».
—Antes de salir, me serví un vaso de agua tibia y me bebí la mitad. Dejé el resto en la mesita de centro. Cuando volví, lo agarré para terminármelo y, en cuanto me metí el agua a la boca, ¡ay, Dios mío, estaba saladísima!.
—Le echaron un montón de sal a mi vaso. Dejé el vaso con fuerza sobre la mesa y fui a buscar la escoba. Como Sofía y sus amigas habían hecho una travesura, les remordió la conciencia y se fueron corriendo.

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