Isabela sacó su celular de inmediato para checar su saldo.
Le encantaba esa sensación de recibir dinero a manos llenas.
Elías tenía razón. En esta vida, haría todo lo posible por desviar su dinero a su propia cartera y usar su estatus para su propio beneficio.
¿Acaso solo él podía usarla a ella y no al revés?
—De ahora en adelante, no me grites ni me regañes. Tú me fallaste a mí, no yo a ti.
—Mientras no me hagas enojar, no te gritaré ni te regañaré.
—Normalmente, tú estás ocupado con tus negocios y yo con mi emprendimiento. No nos metemos en los asuntos del otro, así que rara vez tengo la oportunidad de hacerte enojar.
Isabela terminó de aceptar la transferencia. Con ese dinero, ya tenía para la remodelación de los locales.
Recibir dinero se sentía increíble.
—La próxima semana, es posible que asista a una cena de gala. Me acompañarás.
—¿Puedo negarme?
Isabela detestaba ese tipo de eventos. No encajaba. La gente de la alta sociedad era muy astuta y, sobre todo, muy interesada.
Sabían cuál era su verdadera posición en la familia Méndez.
No les interesaba tratar con ella porque no podían sacar ningún beneficio.
En su vida anterior, nunca acompañó a Elías a ninguna gala.
En esas ocasiones, la persona que él quería a su lado era Jimena.
Si no era Jimena, entonces nadie tenía la oportunidad.
En esta vida, ¿qué bicho le había picado para pedirle que lo acompañara a una gala?
¿No le preocupaba que se rieran de él por haberse casado con una mujer que no le aportaba nada a su carrera y que no estaba a su altura?
—¿Por qué negarte? Eres mi esposa, ¿no dijiste que somos uno mismo? Si tengo que asistir a una gala, por supuesto que tienes que acompañarme.
Isabela hizo un puchero.
—Si estás conmigo, ¿quién se atrevería a reírse de ti? —dijo Elías con arrogancia.
Era la cabeza de la familia Silva, el presidente del Grupo Silva. Con su estatus y poder, un simple pisotón suyo en el mundo de los negocios de Nuevo Horizonte podía provocar un tsunami.
—No tengo vestido de noche.
—Haré que te envíen varios vestidos nuevos y también algunos juegos de joyas, para que no andes por ahí sin nada que ponerte.
Los regalos de compromiso que le había dado incluían muchas joyas, pero Rodrigo se las había quedado para dárselas a Jimena.
Como resultado, Isabela no tenía ni una sola joya decente que usar.
Si no fuera porque la necesitaba para acompañarlo a la gala, a Elías no le importaría si tenía joyas o no.
—Si es así, está bien. Cuando necesites que te acompañe a algún evento, avísame con tiempo para que pueda organizar mi trabajo y evitar conflictos.
Ganarse varios vestidos de noche y juegos de joyas valía la pena.
Isabela aceptó de inmediato acompañarlo a la gala de la próxima semana.

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