Elías sacó su celular de inmediato y le transfirió cien mil pesos a Isabela.
—Transferencia realizada.
Isabela recibió la notificación y sonrió de oreja a oreja.
—Señor Silva, por favor, espérame abajo diez minutos.
Elías se dio la vuelta para irse, pero se detuvo a los pocos pasos. Se giró para mirarla y, con los labios apretados, dijo:
—Isabela, no me llames señor Silva. Suena demasiado distante y podrían descubrirnos.
—Recuerda lo que te dije aquella noche: si cooperas conmigo y hacemos que todos crean que somos un matrimonio feliz, tu mesada llegará puntualmente.
Como el dinero estaba en juego, Isabela se apresuró a asegurar:
—Lo siento, no volverá a pasar. Prometo que no te volveré a llamar señor Silva.
—Entonces, ¿cuándo recibiré la mesada de este mes?
Eran trescientos mil pesos.
Trescientos mil pesos al mes.
¿Cuánta gente no ganaba eso ni en un año?
Que Elías le diera esa cantidad como mesada era, sin duda, un gesto de gran generosidad.
En su vida pasada, en su afán por ganarse el amor de Elías, no paraba de crear problemas y gastaba el dinero a manos llenas. La mesada que él le daba se le iba cada mes comprando regalos para complacerlo a él, a su familia y a sus amigos.
Cuando finalmente lo dejó, estaba en la ruina.
En esta vida, iba a ahorrar.
Con una mesada de trescientos mil pesos y pagos extra por actuar de vez en cuando, podría acumular una buena suma. En uno o dos años, tendría suficiente capital para iniciar su propio negocio.
Y si necesitaba algo, se lo pediría a él.
Al fin y al cabo, él mismo había dicho que no le faltaría nada en lo material.
—Este mes ni siquiera está completo… —dijo Elías, como por instinto.
—Pero ya estoy casada contigo, así que tienes que cumplir tu promesa. Trescientos mil al mes son diez mil al día. Págame los días que correspondan.
Elías frunció el ceño.
—Isabela, ¿es que solo piensas en dinero? ¿Acaso no has visto dinero en tu vida?
—Acabo de transferirte cien mil.
A Elías no le gustaba nada esa actitud.
Recordaba que la noche de bodas, cuando le contó la verdad, ella lloró a mares y discutió con él durante horas, hasta que él salió de la habitación dando un portazo y se encerró en el estudio.
Los dos días siguientes la evitó por completo.
Hoy, que tenían que ir a visitar a su familia, era la primera vez que se veían, y se dio cuenta de que ella parecía otra persona.
Ya no lloraba, no hacía berrinches y parecía no importarle que la usara como un peón. Solo le interesaba el dinero…
En fin, si quería dinero, se lo daría.
Al fin y al cabo, si algo le sobraba era dinero.
Mientras ella colaborara en su farsa y fuera un peón obediente, permitiéndole ver a Jimena de vez en cuando, no tenía problema en pagarle.
—Rodrigo estará allí. No dejes que se dé cuenta de nada.
Elías no rechazó la oferta de Isabela de crearle oportunidades para estar con Jimena, pero le advirtió que no dejara que Rodrigo lo notara.
En realidad, Rodrigo no se creía que se hubiera enamorado de Isabela. Fue la boda tan espectacular que le organizó lo que finalmente lo convenció de que había superado su amor por Jimena y bajado la guardia.
Habían crecido juntos los tres, y él también amaba a Jimena. ¿Por qué Rodrigo, solo por haberse quedado con ella, tenía derecho a impedirle que se acercaran como antes?

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