Elías la miró con dureza, pero después de un momento, suavizó su expresión.
—Isabela, admito que te he fallado. Pero como te dije, el puesto de señora Silva es tuyo y te daré el respeto que mereces.
—No te faltará nada en lo material. Los bienes que puse a tu nombre incluyen una casa y un carro, todo a tu nombre. Además, recibirás trescientos mil pesos de mesada cada mes. ¿Qué más quieres?
—Aparte de mi amor, que no te daré, puedo satisfacer cualquier otro deseo que tengas, siempre que no sea excesivo.
Isabela se soltó de su agarre con un movimiento brusco.
Los ojos de Elías parpadearon, sorprendido.
¡Isabela se había atrevido a soltarse!
Ella lo amaba profundamente. Para convencerla de que se casara con él, fingió que le gustaba y la cortejó durante meses hasta conquistarla.
Frente a él, siempre había sido dulce, considerada y obediente.
¿Qué le pasaba hoy?
Parecía otra persona, como si le hubieran cambiado el libreto.
—Señor Silva —dijo Isabela con una sonrisa irónica—, me pides que te acompañe tan temprano porque estás ansioso por ver a tu gran amor, ¿no es así?
—¿Quieres saber si se pondrá celosa ahora que te has casado conmigo?
—No me equivoco, ¿verdad? Y ya que necesitas que colabore contigo, ¿no crees que deberías pagarme por mis servicios?
Elías la miró, incrédulo.
—¿Pagarte? Te acompaño a visitar a tu familia, ¿y me pides dinero a cambio?
—Es mi día de visita, sí, pero te dije que no quería ir tan temprano. Como eres tú el que insiste en salir ya, básicamente me estás contratando para que te haga un favor. Y por eso, claro que tienes que pagarme.
Isabela extendió la mano hacia él.
—No pido mucho, con cien mil u ochenta mil me conformo. Aunque si me das tres o cinco millones, no me quejaré. Cuanto más, mejor, por supuesto.



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