—No te encontré en la playa. ¿Qué pasa? Ya es de noche, ¿no piensas volver a casa? Es peligroso afuera a estas horas.
El tono de Elías se volvió severo.
—¿Dónde estás? Mándame tu ubicación, voy a buscarte ahora mismo.
—No es necesario, puedo volver sola.
—No te preocupes, sé defenderme. Con un par de movimientos puedo encargarme de cualquier vago que se me acerque.
Elías ordenó con voz grave:
—Mándame tu ubicación. Ahora mismo.
Al notar su molestia, Isabela accedió a regañadientes:
—Está bien, te la mando. Voy a colgar.
Y sin esperar su respuesta, terminó la llamada.
—Qué tipo tan bipolar. Seguro se puso así porque el señor Rodrigo y la señora Jimena andaban de empalagosos —murmuró Isabela para sí misma.
Luego, le envió su ubicación a Elías.
—Sabe perfectamente que esa parejita es muy cariñosa y siempre andan demostrándoselo, y aun así va a verlos. ¿No es masoquismo puro?
Isabela no podía evitar pensar que Elías simplemente disfrutaba del sufrimiento.
Si ya había decidido hacerse a un lado, ¿por qué no mantenía su distancia y los veía menos? Así tendría la oportunidad de sanar.
Pero no, después de dejarlos ser felices, no podía soltarlos. Insistía en verlos, presenciar sus muestras de afecto y luego sentirse miserable. Se lo tenía bien merecido.
Elías no tardó en llegar.
Pero al llegar al lugar, tampoco vio a Isabela. Volvió a llamarla.
Esta vez, Isabela no contestó. Desde la rama del árbol donde estaba sentada, gritó:
—¡Elías, estoy aquí, en el árbol!
Elías levantó la vista hacia uno de los árboles ornamentales al borde del camino y, efectivamente, allí vio a su querida esposa.
Su rostro se ensombreció al instante y le ordenó con voz autoritaria:


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