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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 75

—No te encontré en la playa. ¿Qué pasa? Ya es de noche, ¿no piensas volver a casa? Es peligroso afuera a estas horas.

El tono de Elías se volvió severo.

—¿Dónde estás? Mándame tu ubicación, voy a buscarte ahora mismo.

—No es necesario, puedo volver sola.

—No te preocupes, sé defenderme. Con un par de movimientos puedo encargarme de cualquier vago que se me acerque.

Elías ordenó con voz grave:

—Mándame tu ubicación. Ahora mismo.

Al notar su molestia, Isabela accedió a regañadientes:

—Está bien, te la mando. Voy a colgar.

Y sin esperar su respuesta, terminó la llamada.

—Qué tipo tan bipolar. Seguro se puso así porque el señor Rodrigo y la señora Jimena andaban de empalagosos —murmuró Isabela para sí misma.

Luego, le envió su ubicación a Elías.

—Sabe perfectamente que esa parejita es muy cariñosa y siempre andan demostrándoselo, y aun así va a verlos. ¿No es masoquismo puro?

Isabela no podía evitar pensar que Elías simplemente disfrutaba del sufrimiento.

Si ya había decidido hacerse a un lado, ¿por qué no mantenía su distancia y los veía menos? Así tendría la oportunidad de sanar.

Pero no, después de dejarlos ser felices, no podía soltarlos. Insistía en verlos, presenciar sus muestras de afecto y luego sentirse miserable. Se lo tenía bien merecido.

Elías no tardó en llegar.

Pero al llegar al lugar, tampoco vio a Isabela. Volvió a llamarla.

Esta vez, Isabela no contestó. Desde la rama del árbol donde estaba sentada, gritó:

—¡Elías, estoy aquí, en el árbol!

Elías levantó la vista hacia uno de los árboles ornamentales al borde del camino y, efectivamente, allí vio a su querida esposa.

Su rostro se ensombreció al instante y le ordenó con voz autoritaria:

—No, para nada.

Sinceramente, no le interesaba ir a la mansión Silva, donde vivían todos los mayores de la familia.

Salvo su abuela, que era relativamente amable con ella, los demás la menospreciaban y siempre encontraban algo que criticarle. En resumen, no la soportaban.

En su vida pasada, estuvo casada con él durante tres años y nunca la llevó a la mansión. Sin embargo, ella fue por su cuenta un par de veces. ¿Y qué pasó? ¡Su suegra, la actual matriarca de la familia Silva, no la dejó entrar!

Nadie salió a recibirla; simplemente le ordenaron al guardia de seguridad que la echara.

Para ella, la mansión Silva era como un palacio imperial de la antigüedad, un lugar al que no se podía entrar fácilmente.

En esta vida, ya no esperaba que Elías la amara, así que mucho menos insistiría en ir a la mansión Silva.

Elías la miró de reojo, claramente sin creerle.

—Elías, de verdad no quiero que me lleves. En la casa principal... viven todos tus mayores. No me aceptan de verdad. Si me llevas, solo me criticarán.

—Es mucho más cómodo y tranquilo vivir en esta villa que está a tu nombre. Al menos aquí soy la dueña de la casa, puedo comer lo que quiera y hacer lo que me plazca.

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