El escolta en el asiento del copiloto se quedó mudo por un segundo. Después de pensarlo, se desabrochó el cinturón de seguridad, dispuesto a cederle el puesto.
El otro escolta, sentado junto a Isabela, le dijo:
—Señora, creo que el señor Silva quiere que vaya en su coche.
Aunque el señor Silva no amaba a su esposa, hoy iban a visitar a la familia de ella. Si no iban en el mismo coche, levantaría sospechas.
Isabela abrió la puerta para bajar mientras decía:
—Voy a intentarlo. Si me grita, luego tendrás que pagarme una indemnización por daños morales.
El escolta no supo qué responder.
Isabela se acercó con cuidado a la ventanilla del coche de Elías y dio unos golpecitos. Él bajó el cristal.
Ella le sonrió de forma servil.
—Elías, cuando dices que me mueva para acá, ¿podrías ser un poco más específico? ¿Te refieres a que me suba a tu coche o al asiento del copiloto del de los escoltas?
Elías no pudo evitar darle unos golpecitos en la frente con los dedos.
—¡Sube al coche!
Isabela se frotó la frente. Le había dado fuerte, le dolía.
—Ah —respondió, molesta. Era culpa suya por no ser claro. Y encima, por preguntar, se enojaba y le pegaba en la frente.
«Si me vuelvo tonta, será por su culpa. ¡Tendrá que pagarme una indemnización!», pensó.
Rodeó el coche y subió por la otra puerta, sentándose al lado de Elías pero manteniendo una distancia prudente, sin atreverse a rozarlo.
Cuando él fingía estar interesado en ella y la cortejaba, siempre había mantenido una distancia respetuosa. Ni siquiera le había tocado un dedo. Le dijo que era un caballero y que no la tocaría antes del matrimonio.
Y ella le creyó.
Se dejó conquistar fácilmente y se casó con él, sin saber que ese era el camino hacia su propia destrucción.
—Cuando lleguemos, ten cuidado con lo que dices y lo que no.
Él la trataba con rudeza, ¿y encima tenía el descaro de enfadarse?
—¡Isabela! —dijo Elías con frialdad—. Déjate de jueguitos. Hagas lo que hagas, nunca me vas a gustar.
—¿Qué he hecho? ¿Qué jueguitos? Sé que no te gusto. Dijiste que te casaste conmigo para poder ir a la casa de los Méndez y ver a la mujer que amas. Lo entendí perfectamente.
—A la fuerza, ni los zapatos entran. Como no me amas, no voy a insistir. Me pediste que fuera la señora Silva sin más, y eso es lo que haré. No tendré ninguna otra aspiración.
—Pero la paga que me corresponde no me la puedes quitar, ni un céntimo menos.
Isabela levantó la mano y, con fuerza, apartó la de él, liberando su barbilla.
Se frotó la mandíbula adolorida y dijo con una calma sorprendente:
—Elías, me creas o no, ya me he rendido contigo. En el momento en que me confesaste el verdadero motivo de nuestro matrimonio, me di por vencida.
—No te preocupes. En esta vida, solo seré tu esposa obediente, no esperaré nada más. Bueno, el dinero sí lo quiero. En resumen, cada vez que necesites que actúe, tendrás que pagarme.

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