La señora Silva lloraba en voz baja.
Para una madre, recibir una noticia así es casi insoportable.
Según decían, la señora Silva se desmayó en cuanto se enteró. Tardó mucho en volver en sí, y cuando lo hizo, no paraba de llorar. No fue hasta que Fátima regresó de la casa de Elías a la mansión y le llamó la atención que consiguió contener las lágrimas.
Pero ahora, volvía a llorar.
El señor Silva consolaba a su esposa en voz baja.
Isabela miró a la señora Silva.
Solo habían pasado unas horas desde la noticia del accidente de Elías, pero la señora Silva parecía haber envejecido años.
Intercambió una mirada con Álvaro, y él se acercó para ayudar a consolar a la señora Silva.
—Isa, duerme un poco. Cuando lleguemos, te despierto. Es posible que en el hospital necesitemos que ustedes, los jóvenes, se queden a vigilar.
Isabela asintió.
—Señora Fátima, descanse usted también un poco. Créame, Elías estará bien. Mi intuición me dice que saldrá de esta.
Fátima asintió con firmeza.
Nadie dijo nada más.
El silencio hizo que la atmósfera se sintiera aún más opresiva.
Isabela se recargó en el respaldo de su asiento, observando las nubes blancas por la ventanilla, y dijo en silencio para sus adentros: «Elías, tienes que aguantar. No decepciones a tus padres».
***
Elías estaba gravemente herido. Había llegado al hospital en estado de shock, y solo gracias a una intervención de emergencia le salvaron la vida de milagro.
Cuando la familia Silva llegó al hospital, la cirugía ya había terminado. Elías fue trasladado del quirófano a la unidad de cuidados intensivos, y por el momento, no se permitían visitas.
—¿Cómo está Eli?
Aunque no pudieron verlo, saber que Elías seguía vivo les dio un poco de tranquilidad.
Fátima se asomó por la ventanilla de la puerta de la UCI y observó por un instante a Elías, conectado a un sinfín de tubos. Luego, se giró y le preguntó en voz baja al guardaespaldas.

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