¿Por qué estaría actuando?
No tenía idea.
—¿Mencionó el motivo?
—Eli todavía está muy débil y no puede hablar mucho —explicó la señora Fátima—. Solo me pidió que te pasara el recado sin dar razones. Cuando sus heridas sanen un poco más y recupere las fuerzas, ven a visitarlo cuando tengas tiempo y pregúntaselo tú misma.
La anciana ya había notado que entre su nieto e Isabela existía un secreto que nadie más conocía.
Había cosas que solo ellos dos entendían.
Si su nieto no lo decía, ella no preguntaba; sabía que si él quisiera hablar, no se lo ocultaría.
—De acuerdo, cuando esté menos ocupada en unos días, iré a verlo con Álvaro y los demás.
Adrián Delgado también había mencionado que quería visitar a Elías.
Elías y Álvaro Morales ya no eran amigos, pero su relación con Adrián no había cambiado. Tampoco es que Álvaro y Elías se hubieran vuelto enemigos a muerte; amaban a la misma mujer y ambos deseaban su felicidad.
Aunque a veces Elías quería agarrarse a golpes con Álvaro, siempre se contenía para no hacer enojar a Isabela.
—Muy bien. Seguro estás ocupada, así que te dejo seguir. Eli se quedó dormido y yo también me siento muy cansada, voy a descansar un poco.
La señora Fátima ya estaba entrada en años. Estos últimos días había pasado noches en vela, llena de angustia y miedo por el accidente de Elías. Ahora que él estaba fuera de peligro, la tensión cedió y el cansancio cayó sobre ella de golpe.
—Vaya a descansar pronto, señora Fátima. Elías ya está estable, deje que otros lo cuiden. A su edad no puede seguir desvelándose; si llega a enfermarse, Elías se sentirá muy culpable.
—Sí, entonces cuelgo.
La anciana cortó la llamada.
Melina fingió una expresión lastimera:
—Tanto tú como Mónica ya tienen pareja, solo Caro y yo seguimos solteras. Cada vez que salimos y las vemos tan acarameladas, a veces me da un poco de envidia.
—Yo te veo sin una pizca de envidia. Si de verdad la tuvieras, ¿crees que te costaría conseguir novio?
Melina soltó una carcajada:
—Está bien, lo admito, estar soltera es lo mejor. Soy libre, sin ataduras, me mantengo sola y no tengo que darle explicaciones a nadie. Hago lo que me da la gana sin tener que pensar en los sentimientos de otro.
—Cambiando de tema, ¿crees que ese señor Santiago López me echó el ojo?
Melina no era ninguna tonta. Cada vez que coincidía con Santiago López, notaba su amabilidad y esa mirada especial que le dedicaba. Sentía que el trato era distinto.

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