Isabela respondió:
—¿Y tú qué opinas? Ya sabes que Santiago López mira así a cualquier mujer hermosa.
—Bueno, hay excepciones. La forma en que miraba a mi ex cuñada era como si estuviera viendo a una idiota. Lo peor es que, aun así, lograba actuar con una ternura increíble, dejando a Sofía Silva tan embobada y ciega de amor que juraba que solo se casaría con él.
—Casi mata del coraje a su madre y a su hermano. Ahora su familia la mandó al extranjero a estudiar, lejos de Santiago López. Ojalá eso le sirva para que se le aclare la cabeza.
—Si hablamos de posición social, Santiago López está a la altura de Sofía. Pero le lleva más de diez años, cambia de mujer como de ropa y para colmo no cree en el matrimonio. Definitivamente no es el hombre indicado para ella.
—E incluso si decidiera sentar cabeza y tener hijos, jamás se casaría con una ingenua como Sofía.
Isabela decía esto para advertirle a Melina que Santiago no era un buen partido.
Sin embargo, era innegable que la mirada de Santiago hacia Melina denotaba admiración y hasta afecto.
Santiago pregonaba ser un soltero empedernido, que solo quería romances sin compromisos, y ninguna de sus exnovias había quedado embarazada; se aseguraba de que eso no pasara.
Eso era simplemente porque no había encontrado a una mujer que le hiciera querer dejar la soltería.
Desde la perspectiva madura de Isabela, si Santiago quisiera casarse, la elegida tendría que ser alguien tan libre y segura como Melina, que encajaba perfectamente con él en todos los sentidos.
Melina comprendió la intención oculta en las palabras de Isabela y respondió:
—Tranquila, no soy una loca enamoradiza como Sofía. A Santiago López lo veo como un socio comercial, jamás como una pareja.
—Ha estado con tantas mujeres que me da asco. Mi hombre tiene que ser única y exclusivamente mío. Si llega a tocar a otra, lo desecho de inmediato.

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