Jimena no aceptó sus renuncias de inmediato; les dijo que podrían irse en cuanto encontrara reemplazos.
Esa noche, cuando Rodrigo llegó a casa del trabajo y entró en la habitación, Jimena lo llamó:
—Cierra la puerta.
Rodrigo la cerró de forma natural. No necesitaba que su esposa se lo recordara; siempre lo hacía por costumbre al entrar.
La habitación del matrimonio estaba insonorizada, así que podían hablar en privado sin que nadie los escuchara.
—Jimena.
Rodrigo se acercó a ella, que estaba sentada en el sofá. Mientras caminaba, se quitó el saco y la corbata. Se sentó a su lado y dijo:
—Fue un día agotador, estoy muerto. Jimena, dame un masajito, ¿sí?
»Por fin hay paz en la casa. Esa madre y esa hija por fin están muertas.
La muerte de su madrastra no le afectaba en lo más mínimo a Rodrigo.
Y sobre la muerte de Isabela, ni se diga.
Cuando Isabela provocó que Jimena perdiera a su bebé, él mismo había querido matarla. Solo porque Elías la protegió y por respeto a él, se contuvo.
El castigo que Elías le impuso a Isabela no fue suficiente para calmar su ira. La odiaba profundamente y deseaba su muerte.
Ahora que Isabela estaba muerta de verdad, su resentimiento por fin se disipó.
Jimena no habló ni se levantó para darle el masaje.
Al verla tan callada e inmóvil, Rodrigo giró la cabeza para mirarla. La rodeó con un brazo, atrayéndola hacia él.
—Jimena, ¿qué te pasa? ¿Acaso no estás contenta? La gente que estorbaba por fin desapareció. Ya no tendremos que preocuparnos de que pelee con nosotros por la herencia.
Jimena se recostó en su hombro y, después de un largo silencio, susurró:
—Rodrigo, hay algo que quiero decirte.
—¿Qué cosa? No te ves nada feliz, pareces muy preocupada —preguntó Rodrigo, inquieto.
—Todos los empleados de la casa quieren renunciar, incluso el mayordomo. Yo misma los contraté, eran gente de mi confianza.
—Si quieren renunciar, que renuncien. A lo mucho contratamos a otros. Con el dinero que tenemos, ¿crees que nos faltarán sirvientes? Puedes volver a entrenar a gente de confianza.

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