Perspectiva de Holt.
—¡Maldita sea esa p*rra! ¡Esa r*mera barata!
Hacía ya media hora que Laila había cruzado las fronteras de nuestros dominios, pero mi madre continuaba desatando su furia en insultos. Los sirvientes nativos de la fortaleza se ocultaban por los rincones, cuchicheando entre ellos con evidente zozobra. El asentamiento había quedado prácticamente desmantelado.
Jamás cruzó por mis proyecciones la enorme cantidad de enseres y refinamientos de nuestra propiedad que habían sido financiados originalmente por el bolsillo de Laila. Al constatar que los lamentos de mi madre amenazaban con no tener fin, la tomé del brazo con firmeza para conducirla a un espacio apartado.
—Madre, te ruego que dejes de desgastarte. Esos objetos le pertenecían legítimamente desde un principio. Permite que se los lleve sin mayores contrariedades. Me comprometo a proveerte de mejores comodidades en el porvenir.
Mi madre desbordaba indignación.
—¡Se encargó de despojarnos de absolutamente todo! ¡No nos reservó ni un solo alfiler! ¡En la actualidad nos vemos privados de los fondos necesarios para costear mis pócimas!
—Madre, las hostilidades en el Campo de Batalla de Vagen requerirán de mi intervención y de las destrezas de Maris a la brevedad. Retornaremos al hogar colmados de nuevas condecoraciones militares, y las arcas del clan volverán a registrar liquidez.
Mi madre continuó deshaciéndose en lamentos hasta que las cuerdas vocales amenazaron con fallarle.
—¡¿Cómo posee el descaro de conducirse con tal crueldad?! ¡No se trataba más que de asimilar la investidura de una segunda Luna! ¿A santo de qué le resultó una exigencia tan intolerable? ¡Una renegada desvalida y carente de clan pretendiendo desplegar modales de aristócrata! ¡Su estirpe entera bien merecido tuvo el ser masacrada en sus propios aposentos! ¡Hicieron justicia con ellos! ¡Hasta el último de sus integrantes recibió su merecido!
Al escuchar las infamias que brotaban de sus labios, me sumí en un absoluto silencio. La decencia me dictaba que debí haberle infligido una severa reprimenda por expresarse en esos términos. Al igual que cada estratega adscrito a las filas del Reino Rydar, yo guardaba una profunda consideración hacia la memoria del General Conlay, el padre de Laila.
No obstante, en la coyuntura actual, carecía del más mínimo deseo de articular palabra alguna en su defensa. La humillación que me había infligido durante la sesión del consejo calaba en lo más profundo de mi orgullo.
Se había esmerado en ocultar la verdadera naturaleza de su loba de rango Alfa todo este tiempo, haciéndome partícipe de un engaño monumental. Semejante desplante me causaba una profunda desilusión.
A decir verdad, tras tener conocimiento de la masacre que borró del mapa al clan Conlay, abrigué las intenciones de comisionar una investigación detallada para esclarecer los hechos en su beneficio. Ciertos matices de la tragedia siempre me habían parecido sumamente irregulares.
¿A santo de qué un contingente de sicarios se trasladaría con el único fin de rebanarle el cuello a mujeres y cachorros desarmados? ¿Qué diferencias políticas no habrían podido saldarse directo en las trincheras? Sin embargo, en la actualidad, Laila y yo habíamos formalizado la disolución de nuestro lazo de compañeros.
Los padecimientos y los asuntos pendientes de los Conlay habían dejado de ser de mi incumbencia. Carecía del menor sentido seguir malgastando mis energías en encrucijadas ajenas. El remordimiento no tardaría en hacer mella en sus días; desprovista de mi amparo, jamás contaría con las destrezas necesarias para descifrar la verdad oculta tras la masacre de sus ancestros.

«Laila, te aseguro que el arrepentimiento quebrantará tu orgullo».

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¿Mi Alfa pretende tener dos Lunas? ¡Se acabó para mí!