Perspectiva de Holt.
Los últimos destellos de la tarde se difuminaban de forma paulatina en el firmamento, proyectando sus tonalidades sobre las facciones ligeramente bronceadas de Maris. Aquellos matices constituían las marcas indelebles que el sol estival y las ventiscas de las trincheras habían grabado en su piel; virtudes que en los ayeres despertaban mi más profunda admiración.
No obstante, por alguna extraña razón que escapaba a mi comprensión, en este preciso instante mis pensamientos se vieron invadidos por el recuerdo del rostro deslumbrante y colmado de refinamiento de Laila.
—¿Pretendes asegurar que te viste privado de retener un solo crédito? —Maris contrajo el entrecejo, evidenciando un profundo descontento en sus gestos—. ¿Acaso no me tomé la delicadeza de remitirte una misiva conminándote a garantizar la incautación de la mitad de su fortuna?
—Pero ese capital constituía su patrimonio legítimo, distaba de pertenecer a mis arcas. Mis esfuerzos personales no habían contribuido a su acumulación. —Fijé mis ojos en su semblante—. Maris, ¿tus exigencias respecto a esos fondos obedecen al pavor de transitar por este mundo sorteando privaciones a mi lado?
—Tus insinuaciones carecen de fundamento. —Maris desvió el rostro, rehusando sostener mi escrutinio—. Mi único anhelo se restringía a garantizar que concentráramos la totalidad de nuestras capacidades en consolidar un porvenir brillante en las filas de la milicia, emancipados de las tribulaciones que acarrea la escasez de liquidez.
—Si nos conducimos con la debida templanza y austeridad, contaremos con los medios para salir adelante —repuse de forma perentoria.
—¿De modo que confirmas que te mostraste incapaz de salvaguardar una fracción de esos bienes? ¿Consumó la retirada custodiando la totalidad de sus activos patrimoniales? —Giró el rostro para encararme de nueva cuenta.
La desilusión y la indignación pintadas en sus ojos ambarinos resultaban categóricas, amenazando con desbordarse en cualquier instante. Una ráfaga helada me caló el pecho de forma imprevista, infundiéndome una extraña sensación de absoluto vacío.
—Así es, retiró absolutamente todo. Y te pongo al tanto de un detalle: su comparecencia ante el Rey Alfa distó de tener como motivación frenar nuestras nupcias. Se presentó con el único propósito de suplicarle a Su Majestad que emitiera una orden oficial para obligarme a fracturar el lazo de compañeros. Había estructurado su estrategia con gran anticipación. ¡Se negó en redondo a compartir mis atenciones contigo! —me resultó imposible contener el tono de mi voz, elevándolo de forma involuntaria.
—¡¿Qué dices?! —Maris dejó escapar una risa cargada de desprecio—. ¡Semejante declaración raya en lo ridículo! ¡Yo carecía de inconvenientes para cohabitar en armonía, pero esa mujer se vio imposibilitada para asimilar mi presencia a tu lado! Ja, resulta desternillante. ¿Bajo qué conceptos pretende definir su estatus? Una simple y desvalida Omega incapaz de salvaguardar su propia fortuna y sus dominios territoriales sin el amparo de tu sombra.
Mi semblante permaneció desprovisto de transmitir emoción alguna al tiempo que manifestaba:
—Durante la sesión del consejo, el soberano se dignó a conceder la distinción póstuma de la dignidad de Duque a la memoria del General Conlay, erigiéndose como el primer linaje investido con tal rango en la historia de nuestro Reino Rydar. El macho que formalice su unión con ella en el porvenir heredará de forma directa dicho título y compartirá la soberanía absoluta sobre las tierras de la Manada Silvermoon.
—¡¿Qué dices?! —la estupefacción se apoderó de las facciones de Maris a tal grado que su mandíbula pareció desencajarse—. ¿A santo de qué el monarca emitiría una disposición de semejantes alcances? Si el consorte del porvenir cuenta con la facultad para acceder a un ducado y compartir el dominio territorial, ¿acaso eso no la convierte… en la pieza más codiciada de la región? ¿Una Omega desprovista de valor como ella? ¿Bajo qué méritos legítimos se le otorgan tales consideraciones?
—¡Maris, estás incurriendo en un error de juicio, ella ostenta el rango de Alfa! —declaré sumido en una profunda frustración interna.
En los confines de mis pensamientos, me constaba que, a pesar de que ambos compartíamos la condición de hombres lobo de rango Alfa, mis capacidades difícilmente lograrían nivelarse con el potencial de su loba a lo largo de mi existencia entera.
—¿Y qué trascendencia real pretendes adjudicarle al hecho de que su padre haya pertenecido a esa jerarquía? ¿Acaso ser la descendiente de un Alfa la hace merecedora de semejantes distinciones honoríficas? ¿Qué clase de mérito legítimo entraña el simple acto de heredar las condecoraciones acumuladas por tus ancestros? —Maris profirió un bufido colmado de desdén.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¿Mi Alfa pretende tener dos Lunas? ¡Se acabó para mí!