Perspectiva de Laila.
A decir verdad, las vicisitudes del idilio de Holt y Maris carecían de la menor relevancia para mis intereses personales; esas figuras habían dejado de pertenecer a mis realidades de forma definitiva. No obstante, los hombres lobo incorporados a las filas de la Manada Silvermoon desbordaban júbilo ante los reportes; me constaba que celebraban las contrariedades de mis detractores en mi beneficio.
—Señorita Conlay, un mensajero comisionado por el Señor Green ha registrado su arribo en las instalaciones.
Entrada la noche, en el preciso instante en que me disponía a entregarme al descanso, Pearl irrumpió en mis aposentos custodiando un pliego documental entre las manos. Se trataba de una misiva remitida por Shane Green, mi superior de rango avanzado en las aulas de la Academia Moonlight.
Él me aventajaba por dos generaciones de estudiantes: un hombre lobo de rango Alfa de un poder descomunal que se abstenía de rendir obediencia a clan alguno en la región. Me incorporé del lecho de forma perentoria para tomar el documento entre mis dedos.
Conforme mis ojos barajaban las líneas del texto, un temblor violento me surcó la anatomía entera. Maris había perpetrado la ejecución sumaria de prisioneros de guerra y la masacre integral de una comunidad civil desarmada.
Mis sospechas originales se alineaban perfectamente con la cruda realidad de los hechos. Semejante campaña militar donde Maris había acumulado sus condecoraciones custodiaba una podredumbre espantosa en sus entrañas. A lo largo de sucesivas centurias, el Reino Rydar y el Reino Solantia habían mantenido hostilidades bélicas recurrentes.
No obstante, incluso en medio de los combates más encarnizados, ambas cúpulas militares se esmeraban en salvaguardar las directrices de un código de honor elemental: prohibición terminante de infligir daños a las comunidades civiles desarmadas y obligación de respetar la integridad de los prisioneros de guerra que deponían las armas.
Sin embargo, Maris se había tomado la libertad de masacrar a la totalidad de los habitantes de una aldea asentada en el suelo soberano de Solantia. Había segado la vida de civiles inocentes. Su mente se encontraba dominada por la demencia absoluta.
Y en aquella encrucijada, mi abuelo materno detentaba el mando militar supremo de las huestes en la región. Mi padre, por su parte, se había desvivido conteniendo el avance de las fuerzas de Solantia en las trincheras en oportunidades previas.
Sumado a eso, mi condición en aquel entonces se restringía a la de ser la Luna de la manada del General Enclaw… Esos factores geopolíticos cruzaron las decisiones de las potencias enemigas impulsando a sus escuadrones de ejecuciones a perder la cordura para perpetrar la matanza de mi linaje completo a modo de una implacable represalia militar.
No obstante, ciertos matices de la ecuación seguían pareciéndome sumamente irregulares. Tras consumarse la matanza de la aldea a manos de Maris, ¿a santo de qué las fuerzas de Solantia se abstuvieron de comisionar contraofensivas inmediatas con el firme propósito de masacrar a nuestras propias comunidades civiles a modo de correspondencia bélica?
¿Cuáles fueron las motivaciones estratégicas que las impulsaron a deponer las armas para formalizar un armisticio con Maris, accediendo a la delimitación de las fronteras y al cese de las hostilidades?
Maris se había encargado de conducir las mesas de negociación de dicho tratado. Semejante logro la hizo merecedora del grueso de las condecoraciones de la corona, situando a Holt en una jerarquía secundaria en los anales de la milicia.
¿Pero bajo qué conceptos Maris detentaba la exclusividad de las decisiones? ¿Qué destino había cercado la figura de mi abuelo materno a lo largo de las gestiones? Me veía imposibilitada para descifrar las encrucijadas de forma definitiva.
Sin embargo, en la actualidad custodiaba una certeza absoluta: la motivación real que impulsó el exterminio de las personas que más amaba en este mundo se alineaba estrictamente con los crímenes de guerra perpetrados por Maris en el frente.
¡Maldita sea su estirpe! Y a pesar de haber incurrido en semejantes atrocidades, ¿bajo qué argumentos el Rey Alfa se había abstenido de infligirle una severa sanción penal? ¿A santo de qué la corte se esmeraba en ensalzar su figura colmándola de homenajes públicos?
El monarca supremo siempre había manifestado una postura inflexible respecto a las leyes de la guerra, decretando que las comunidades civiles debían permanecer al margen de los combates bajo cualquier circunstancia.
¿Acaso el soberano se encontraba en la completa ignorancia respecto a las transgresiones de Maris? ¿Y qué papel desempeñó la figura de mi abuelo materno en medio del engranaje? Resultaba inviable que un estratega de sus principios otorgara su consentimiento para formalizar una infamia de semejantes proporciones.
Espoleada por la urgencia de hallar respuestas contundentes, procedí a infiltrarme en las instalaciones de los archivos militares de la Corte Real al amparo de la penumbra nocturna. La totalidad de los expedientes bélicos del reino se encontraban resguardados en dicho recinto.
Las bitácoras de guerra correspondientes a la plaza de Lovanfall se localizaron sin mayores contrariedades, dispuestas en los estantes de mayor jerarquía. Me oculté en un rincón apartado de la estancia con el firme propósito de barajar los folios uno a uno con la mirada.
Para cuando di por concluido el escrutinio, una sensación gélida se había apoderado de la totalidad de mi anatomía; las lágrimas surcaban mis mejillas de forma incontenible. Holt en comunión con Maris habían registrado su arribo al frente en calidad de destacamento de auxilio.
Tras incorporarse a las líneas de Lovanfall, se sumaron a las hostilidades bélicas de inmediato. No obstante, carecían por completo de la experiencia necesaria para sortear los embates de una guerra verdadera.

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