Perspectiva de Laila.
El lazo de compañeros que me vinculaba a la figura de Holt ya había sido objeto de una fractura definitiva. La marca de unión que en los ayeres simbolizaba nuestro tratado existencial se había evaporado de mi piel de forma invariable en comunión con su traición.
Los argumentos pugnaron por brotar de mi garganta, pero resolví sofocarlos a la brevedad; manifestaba una profunda aversión a desglosar mis encrucijadas íntimas ante el escrutinio de los demás, mayormente tratándose de un varón ajeno a mi linaje.
Y semejante pasaje carecía de la menor relevancia para solucionar las urgencias estratégicas que aquejaban al frente de guerra. Al constatar la rigidez de mi silencio, Samuel me contempló durante un prolongado espacio de tiempo previo a deponer su insistencia:
—De acuerdo. Te pido una disculpa por la impertinencia. Daré por concluida mi indagatoria respecto a ese tema. —Tras una breve pausa, reorientó el foco de sus palabras hacia las aristas militares—: No obstante, somete la situación a un análisis crítico. Incluso bajo la premisa de que Maris hubiera perpetrado la ejecución de prisioneros y la matanza de comunidades civiles, la cúpula militar de Solantia se vería privada de motivaciones de peso para capitular de forma tan fulminante de no mediar un factor de mayor envergadura estratégica. A menos que Maris hubiera consolidado la captura de una figura de altísima jerarquía consanguínea adscrita a la Corte Real de Solantia; un rehén cuya integridad física coaccionó las decisiones de la corona. En cuanto se estampó la firma en el armisticio, Maris procedió a concederle la libertad a dicho individuo. En la fracción de segundo posterior, Solantia agilizó los trámites para estructurar una alianza militar con Ovila. ¿Bajo qué lógica se explica semejante dinamismo?
Siguiendo el hilo de sus deducciones estratégicas, una ráfaga helada me recorrió la espina dorsal.
—Porque a lo largo del período en que ese rehén real permaneció bajo la custodia de Maris, fue objeto de torturas y vejaciones de tal magnitud que sus capacidades físicas experimentaron una degradación irreversible. Tras emanciparse de sus captores, su deceso se suscitó a las pocas lunas.
—Exactamente —asintió Samuel, exhibiendo un sutil destello de aprobación marcial en su mirada—. Semejante desenlace da origen a una afrenta de sangre legítima; un agravio de tal envergadura que cuenta con el potencial para compeler a una potencia militar entera a involucrarse en la alianza más extrema concebible con el único fin de ejecutar una implacable venganza bélica.
La totalidad de los pasajes encajaron en la ecuación con una precisión geométrica. Con justa razón aquellos escuadrones de ejecuciones se habían desvivido perpetrando la matanza de mi madre y de las personas de mi confianza prescindiendo de la menor vacilación.
Semejante atrocidad distaba de responder a un arrebato de rudeza fortuita; constituía un acto de represalia militar minuciosamente calculado, custodiando un carácter casi ceremonial en sus formas, ofrendado a modo de tributo por la memoria de un miembro de la realeza enemiga que halló su fin en medio de la humillación absoluta.
Todo encontraba su origen en las transgresiones de Maris. Semejante descubrimiento provocó que una oleada de indignación arremetiera contra mis sentidos con tal violencia que, de no mediar las urgencias estratégicas que atenazaban al Campo de Batalla de Vagen, habría emprendido la marcha de vuelta hacia las tierras de la Manada Ironclaw en ese preciso instante con la única motivación de rebanarle la tráquea valiéndome de mis propias piezas dentales.
—¿Qué contrariedad perturba tu templanza?
La voz de Samuel cortó el flujo de mis pensamientos beligerantes. Sus ojos de un tono gris ahumado permanecían clavados en mi semblante, destilando una firmeza nítida y majestuosa, y de forma imprevista, la fijeza de su escrutinio contribuyó a restablecer mi lucidez existencial. Entorné los párpados un instante, obligándome a sofocar la indignación y el sufrimiento en las profundidades de mi ser previo a responder:
—Carece de importancia. Nada de lo que deba preocuparse.
—¡Mariscal, los ranchos militares se encuentran listos para su distribución! —Una voz juvenil e impregnada de claridad resonó desde los exteriores del búnker de campaña.
Samuel me dedicó una última mirada escrutadora previo a levantar la diestra en señal de autorización:
—Trasládate a ingerir alimentos en primera instancia.
—Le quedo agradecida por sus consideraciones, Su Alteza.
En cuanto crucé el umbral de salida para internarme en los exteriores, registré el eco de sus palabras convocando a la plana mayor de los oficiales a una sesión de emergencia. Se encontraban ya coordinando las maniobras destinadas a encarar el encarnizado combate que se perfilaba en el horizonte.
Omití incorporarme a las gestiones de forma apresurada. Un rancho militar integrado por una ración de tasajo rústico en comunión con un recipiente de agua caliente se depositó entre mis manos.
Las horas del reloj marchaban avanzadas, y las cocinas de campaña operaban procesando volúmenes masivos de suministros; resultaba inviable que encendieran fogatas independientes con el único propósito de halagar mis caprichos personales.
El búnker de dimensiones reducidas que se me había asignado para el descanso se estructuró con notable presteza. Las mantas textiles exhibían una envergadura densa, acusando las máculas del hollín acumulado a lo largo del tiempo.
Al pasar mis dedos sobre la superficie del tejido, mis capacidades sensoriales se encargaron de identificar el origen de aquellas costras rígidas de forma instantánea: sangre seca. Ignoraba la identidad del combatiente al cual pertenecían esos fluidos, o si su existencia continuaba firme en las trincheras en la actualidad.
Tras dar fin a los alimentos, levanté los pliegues de la lona para barajar el entorno con la mirada. El grueso de las fogatas de campaña se encontraban apagadas. Únicamente las instalaciones de la comandancia suprema persistían irradiando destellos lumínicos. Se me hacía imposible predecir la durabilidad de sus deliberaciones estratégicas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¿Mi Alfa pretende tener dos Lunas? ¡Se acabó para mí!