Perspectiva en tercera persona.
El Rey Alfa manifestó un sutil descontento ante la información, no obstante, se esmeró en preservar la impecable compostura marcial que su jerarquía soberana le exigía.
—Los estragos de las ventiscas invernales se encargaron de obstruir la operatividad de los senderos logísticos, por lo tanto, el trayecto debió sortear privaciones severas. Semejante variable geográfica resulta perfectamente comprensible bajo las actuales condiciones climáticas.
Las radiaciones del sol estival cruzaban las estructuras de los ventanales de cristal, delineando la finura de las facciones del monarca supremo con nitidez. Tras un prolongado espacio de respetuoso silencio, añadió modulando las palabras de forma pausada:
—Por el momento, abstente de esparcir los partes informativos que detallan las condecoraciones militares devengadas por Laila ante el escrutinio de los demás clanes. Posterga las comunicaciones hasta que la soberanía territorial de Vagen sea restituida a nuestras banderas en su totalidad.
—Acatamos sus directrices con la debida sumisión, Su Majestad —repuso la plana de los cuatro suboficiales Beta de forma perfectamente sincronizada.
El monarca supremo coordinaba esas directrices velando estrictamente por salvaguardar la reputación de Laila en medio de las complejidades del reino. En las lunas recientes, una serie de rumores perversos e infamias respecto a sus andanzas habían comenzado a expandirse entre las comunidades, adhiriéndose a las conciencias de la alta sociedad capitalina asemejando parásitos aferrándose a las piezas óseas de un organismo, extendiendo los alcances de la difamación a lo largo de la totalidad de las demarcaciones territoriales.
Los murmullos de los pasillos pretendían que Laila encarnaba a una hembra lobo cuyas entrañas se encontraban consumidas por los celos desmedidos, asegurando que, durante los influjos del plenilunio, su naturaleza experimentaba una mutación aberrante que la transformaba en una fiera monstruosa, dándose a la tarea de triturar las carnes de sus propios hermanos de raza valiéndose de sus garras de forma implacable.
Asimismo, las infamias pretendían que se dedicaba a deambular al amparo de las sombras nocturnas, infiltrándose en las dependencias de la Manada Ironclaw con el deliberado propósito de devorar a los tiernos cachorros en sus cunas.
Y semejante nivel de perversidad constituía, según las falacias del vulgo, la motivación real que impulsó a Holt a tramitar la disolución legal del lazo de compañeros con su figura de forma fulminante.
Las difamaciones incorporaban de forma «benevolente» el matiz de que, tras formalizarse la ruptura del tratado, las jerarquías de los Enclaw «el núcleo familiar de Holt» se habían desvivido entregando una cuantiosa suma económica a modo de indemnización en favor de la joven, un desembolso de tal envergadura que las arcas de Ironclaw experimentaron una alarmante escasez de liquidez a causa de su generosidad.
Semejantes planteamientos resultaban absurdos y desprovistos del más mínimo asomo de veracidad. Pese a lo ridículo de las falacias, un gran número de comunidades adscritas al reino habían otorgado validez a las infamias en sus pensamientos.
Ningún alma manifestaba la osadía de aproximarse a las inmediaciones de los dominios de la Manada Silvermoon en la actualidad, atenazados por el pavor a ser víctimas de una agresión letal perpetrada por las garras de Laila bajo su supuesta forma monstruosa.
Las difamaciones de estas características se veían privadas de suprimirse apelando estrictamente a decretos reales o censuras institucionales; la única vía estratégica para pulverizar la podredumbre radicaba en encender una hoguera inmensamente más brillante y deslumbrante ante los ojos del mundo.
Las condecoraciones y los triunfos legítimos devengados por Laila en medio de las trincheras se transformarían en la antorcha más resplandeciente de la región. Semejantes evidencias materiales servirían a modo de piedra de toque para desvelar la identidad de los semblantes más perversos y repulsivos del reino, registrando la velocidad con la cual sus gesticulaciones se deformarían en muecas de sumisión servil en el preciso instante en que se vieran confrontados ante la pulcritud de unos méritos de hierro irrefutables.
…
Al cabo de 7 jornadas consecutivas los contingentes de apoyo liderados por las maniobras de Holt en comunión con Maris al final consolidaron su arribo en los perímetros de la urbe amurallada de Irilla.
En cuanto sus carruajes se internaron en los límites de la demarcación territorial de Vagen, recibiendo los partes informativos que certificaban que la soberanía sobre Irilla ya había sido restituida por completo a las banderas de Rydar.
La zozobra y la impaciencia se apoderaron de las facciones de Holt y Maris de forma fulminante, atenazados por el temor de haber registrado su presencia de forma extemporánea, asumiendo que las columnas de Samuel habrían emprendido ya la marcha directa hacia la plaza de Simonne.
De alinearse las circunstancias con sus temores, sus maniobras se traducirían en un absoluto y estéril desperdicio de recursos logísticos, viéndose privados de acumular una sola condecoración militar en su expediente, lo que constituiría una mácula imperdonable para sus aspiraciones de ascenso.
Por fortuna para sus intereses, al plantar sus garras en Irilla, las hostilidades bélicas correspondientes al asalto definitivo de la campaña se encontraban pendientes de desatar su furia. A estas alturas del reloj, los ecos informativos que detallaban la promoción de rango de Laila al estatus de Mayor General se habían expandido a lo largo de las trincheras de Vagen con notable fluidez.
No obstante, Holt en comunión con Maris se encontraban en la completa ignorancia de que Laila permanecía físicamente presente en el interior de Irilla. Tras registrar su arribo, promulgaron la directriz de ordenar a los batallones entregarse al descanso en las posiciones asignadas, para acto seguido trasladar sus pasos hacia las dependencias de la comandancia suprema con el fin de rendir pleitesía ante la jerarquía de Samuel.
Las aristas que Maris tuvo la oportunidad de barajar con la mirada al internarse en los perímetros de la urbe amurallada denotaban un orden impecable en cada rincón, desprovisto de albergar las trazas del caos logístico que suelen caracterizar a las plazas en situaciones de guerra.
Experimentó una sutil punzada de remordimiento en sus pensamientos. Había permanecido bajo la falsa premisa de que las líneas del frente de batalla básico acusarían un desorden severo, las despensas de suministros se mostrarían exhaustas y las efectividades aguardarían con desesperación el arribo de los contingentes de apoyo día tras día.

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