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Mi Desamor Ideal (Adrián y Olivia) romance Capítulo 354

Capítulo 354 —¿Eso crees? —Paulina tenía la vaga sensación de que ya no era así.

—Claro que sí —afirmó Beto con seguridad—. Además, ¿no tienes el amuleto de la voluntaria? Con solo mencionar eso, no importa lo que hayas hecho, Adri te va a perdonar.

Paulina forzó una sonrisa. Ese supuesto amuleto bien podía no ser ningún amuleto, sino una bomba de tiempo que podía estallar en cualquier momento y dejarla en una situación todavía peor.

—¿Qué sucede? —Beto notó que algo no estaba bien.

Paulina no se atrevía a contarle la verdad. La voluntaria de aquel entonces no había sido ella; solo estaba curioseando por las habitaciones del hospital.

Adrián era muy guapo, y encima quiso darle un regalo para agradecerle. Ella se enamoró de su apariencia a primera vista, y el regalo que le dio era muy caro y le encantó, así que se dejó llevar y aceptó.

—No te preocupes —dijo Beto al verla tan angustiada —. No olvides que todavía tenemos una última carta bajo la manga.

Paulina lo miró y guardó silencio.

*** Al día siguiente, Adrián despertó en la sala.

Aquella noche casi no durmió. Apenas al amanecer consiguió dormir un poco, pero la alarma que había programado lo despertó enseguida. Olivia le había dicho que se vieran a las nueve en el registro civil; cuando abrió los ojos, eran las siete.

Fuera como fuera, tenía que ir. Ya todo era bastante lamentable como para encima faltar a su palabra y dejarla esperando.

Se metió a bañar y descubrió en el espejo que, en una sola noche, su cara se había demacrado. Con ese aspecto era imposible presentarse, y mucho menos pararse frente a Olivia. Se bañó y se arregló con esmero.

Al ponerse la camisa, las mancuernillas de zafiro en los puños brillaron con tanta intensidad que le lastimaron los ojos. Acarició las piedras con los dedos y, al final, salió de la casa.

—¿Cuántos familiares y amigos tienes de tu lado? Del mío creo que serían solo los compañeros de preparatoria, aunque bueno, son los mismos compañeros tuyos. Fíjate cuántos amigos del trabajo quieres invitar —le preguntó mirándolo con esperanza.

Anhelaba una boda que fuera de los dos.

Pero lo que él respondió en ese entonces fue:

—No hace falta, no son muchos. Con avisarles por teléfono basta.

Se le apagó la mirada.

Adrián sintió remordimiento, pero aun así insistió en que no era necesario hacer banquete; bastaba con invitar a unos cuantos familiares y amigos cercanos para que fueran testigos de la ceremonia. No más de dos mesas. A la familia de ella le daba igual: mientras él pusiera el dinero, sus padres aceptaban lo que fuera. Y él tampoco tenía parientes que asistieran a la boda; solo un puñado de amigos.

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