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Mi divorcio estaba a un día, y mis gemelos se parecían a él romance Capítulo 10

La sonrisa de Gabriela se ensanchó, llena de regocijo.

—Perla, ¿qué te parece si vamos a tomarnos fotos al Lago de los Cerezos la próxima semana?

—Uy, yo pensé que iríamos este fin de semana. ¿Por qué hasta la otra?

Gabriela bajó la voz, con un tono mimoso y fingiendo timidez.

—Es que este fin de semana no puedo. Ya quedé con alguien para ir al cine y de compras.

Perla soltó una risita cómplice.

—¡Ah, ya entiendo! Con razón me cambiaste para la próxima semana. Ya tenías cita con mi hermano.

—Ay, Perla, no me molestes con eso —dijo Gabriela con voz dulce.

Al colgar, Gabriela estaba de un humor excelente. Pensó en Joana y sus ojos brillaron con desdén. ¿Cómo se atrevía la hija de una simple empleada doméstica a competir con ella? Solo necesitaba mover un dedo para que otros le hicieran el trabajo sucio.

Sacó su celular y le envió un mensaje de voz con tono mimoso a Timoteo.

Él le respondió de inmediato: [Sí, nos vemos mañana].

***

—¿Cómo que ese imbécil de Timoteo no te dejó mudarte? —exclamó Jessica.

Joana sostenía su teléfono con la mano izquierda en un rincón apartado del jardín, haciendo una videollamada. Su mano derecha estaba tan vendada que parecía una momia.

—Así es. El próximo miércoles por fin firmamos el divorcio. No me dejó sacar mis cosas, dice que hasta que no tengamos el acta, tengo que quedarme en esta casa. No sé qué bicho le picó.

Jessica estaba indignada.

—¿Y no vas a venir hoy? Los niños te estaban esperando con mucha ilusión.

Joana miró su mano vendada. Era mejor no ver a sus hijos por unos días, no quería que se asustaran al verla herida otra vez.

—Iré en unos días.

Su madre no tuvo cómo responderle.

Timoteo colgó la llamada. Al levantar la vista, vio a Joana en un rincón del jardín. Se detuvo en seco. Al ver que ella sonreía dulcemente a la pantalla, su mirada se endureció y caminó hacia ella con paso calculador.

—Mamá, ¿y cuándo vas a venir a vernos a mi hermano y a mí? —se quejó la vocecita tierna de Luna, haciendo un pucherito adorable.

Joana sintió que el corazón se le encogía al ver a su niña triste.

—En unos días, ¿sí, mi amor? Iré a verlos y les prometo que los llevaré al parque de diversiones.

Al escuchar «parque de diversiones», los ojitos de Luna brillaron de felicidad.

—¡Sí, mamá! Mi hermano y yo te esperamos en casita.

Sin previo aviso, el rostro de Timoteo apareció detrás de Joana asomándose a la pantalla. Del susto, la mano de Joana tembló y dejó caer el celular al césped.

—¿Qué estás haciendo? —le exigió él.

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