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Mi divorcio estaba a un día, y mis gemelos se parecían a él romance Capítulo 7

«Tienes las manos largas. Robas cosas de mi familia para dárselas a tu hermano, Perla te descubre, te reprende con razón, ¿y tú vienes a decirme que ella te trata mal a propósito?» —le había reclamado Timoteo.

Joana, pálida, intentó explicarle: «El mayordomo Samuel me dijo que estaban a punto de caducar y los iban a botar. Me pareció un desperdicio y le pedí...».

Timoteo la interrumpió con frialdad: «No metas a Samuel en esto. Sé que tu madre lo ayudó en el pasado y por eso él te cubre».

En los ojos de Timoteo, Joana solo vio asco y rechazo. Se quedó sin palabras. Sintió un peso aplastante en el pecho. No volvió a dar explicaciones. No tenía sentido.

A fin de cuentas, había tomado algo de los Montalbán, aunque fuera basura. Ni siquiera eso le correspondía.

Timoteo le había advertido entonces: «Joana Lozano, a partir de hoy, tienes prohibido subir al segundo piso y jamás volverás a poner un pie en mi despacho».

Ese día, sintió que le arrebataban toda la dignidad.

Los recuerdos la abrumaron por un momento, pero Joana parpadeó para apartar la amargura de sus ojos. Aflojó los puños y la miró con total serenidad.

—Perla, estas son mis pertenencias personales. No tienes ningún derecho a revisarlas.

Sin hacerle más caso, Joana siguió sacando cajas al jardín. Pidió un taxi por una aplicación, lista para llevárselo todo.

Perla le hizo una señal a Lidia. La empleada, entendiendo el mensaje, corrió hacia el interior de la casa.

Cuando Joana volvió a entrar para buscar otra caja, escuchó a Perla ordenar:

—Lidia, trae a algunas chicas y rompan todas esas cajas. Quiero ver con mis propios ojos qué se está robando esta vez.

Lidia había sido contratada por la madre de Timoteo y durante años se había dedicado a hacerle la vida imposible a Joana.

—Enseguida, señorita.

—¡No toquen mis cosas!

Aún quedaba una caja por abrir. Como Perla no le había dado la orden de detenerse, Lidia levantó las tijeras y se dispuso a rajar la última caja, ignorando los gritos de Joana.

Esa caja contenía las bufandas que había tejido para sus hijos y algunos juguetes pequeños.

Joana se lanzó para detenerla, pero Lidia era mucho más corpulenta que ella.

En el forcejeo, las cuchillas afiladas de las tijeras le cortaron la palma de la mano a Joana. Un chorro de sangre roja manchó el suelo.

—¡Ah! —gritó Joana.

—E-eso fue su culpa —balbuceó Lidia—. Usted se atravesó. No es mi culpa.

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