—Tendré que ponerte una vacuna contra el tétanos por este corte —murmuró.
La última vez que vino, había sido porque la suegra de Joana la obligó a arrodillarse hasta dejarle las rodillas en carne viva. Días antes, se había golpeado la espalda mientras ordenaba el ático... Julián ya ni siquiera recordaba cuántas veces había tenido que curarla en esa casa.
—Siento mucho las molestias, doctor Julián.
—No es ninguna molestia.
Después de vendarle la mano, Julián salió de la habitación y se dio cuenta de que Joana vivía en el cuarto de servicio.
Frunció el ceño, confundido.
—¿La esposa de Timoteo duerme aquí?
Elisa suspiró.
—Sí. La señora Montalbán la mandó a vivir a los cuartos del servicio.
Al menos era una habitación individual, no como la de las demás empleadas que dormían de a dos. Joana la mantenía impecable. Había un par de cojines con dibujos animados en la cama, que parecían juguetes de niños. En el alféizar de la ventana, una maceta con pequeños capullos de jazmín desprendía un suave aroma, dándole un toque de vida a ese cuarto tan deprimente.
Julián le dio algunas indicaciones a Elisa y subió a buscar a Timoteo.
—Parece que me he convertido en tu médico de cabecera. ¿Cómo es posible que tu esposa esté lastimada otra vez?
Timoteo levantó la mirada, esbozando una sonrisa sarcástica.
—Es solo un contrato. Ella no es mi esposa.
Julián se acomodó las gafas.
—Si no la consideras tu esposa, entonces no debiste haberte casado con ella. ¿Te casas con alguien solo para tratarla como basura?
Timoteo apartó la mirada y se masajeó las sienes, pensativo.
No sabía que Joana había forjado una relación tan cercana con Julián. Esa mujer estaba llena de sorpresas.
***
—¡Gabriela, hoy me vengué por ti! ¡Le di su merecido a Joana por lo que te hizo en el hospital!
Al escuchar a Perla, Gabriela sonrió con malicia, aunque respondió con voz fingidamente preocupada.
—Ay, Perla, ¿crees que fue buena idea?
Lidia había llamado a Perla para avisarle que Joana estaba de vuelta, y esta no tardó en ir a buscarle problemas.
—Gabriela, eres demasiado buena. Esa mujer te humilló y tú todavía te preocupas por ella —le dijo Perla por teléfono—. Con razón mi hermano solo te quiere a ti. En cuatro años, ni siquiera la ha mirado.

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