Cuando Valeria Montalvo empujó las gruesas puertas del salón de banquetes, la pantalla gigante del escenario se encendió.
En la fotografía, Lorenzo Castillo lucía un impecable traje oscuro, de pie bajo los reflectores con su habitual expresión fría y distante. A su lado, una mujer con un elegante vestido blanco se inclinaba ligeramente para acomodarle el moño a un niño pequeño.
El niño sonreía radiante.
Ese era su esposo, Lorenzo Castillo.
Su hijo, Diego Castillo.
Y su media hermana, Natalia Montalvo.
Los tres juntos parecían la familia perfecta.
Valeria apretó lentamente los dedos alrededor de la caja del regalo, sintiendo cómo los bordes de cartón se le encajaban dolorosamente en la palma de la mano.
Había terminado su junta de trabajo antes de tiempo y cruzado desde la Zona Norte de la ciudad, atrapada en el tráfico por casi una hora. Tenía tanto miedo de llegar tarde a la fiesta de cumpleaños número seis de Diego que ni siquiera había comido.
Pero jamás imaginó que la primera escena que vería al llegar sería esa.
El salón estaba lleno de vida y bullicio.
Todo estaba decorado con un tema del espacio exterior en tonos azul profundo. Las luces del techo creaban un suave efecto de galaxia, las paredes estaban adornadas con las maquetas espaciales favoritas de Diego, e incluso el pastel tenía forma de cohete.
Esos detalles no eran nuevos para Valeria.
Hacía medio mes le había preguntado a Diego de qué quería su fiesta este año.
En ese momento, el niño estaba jugando con unos bloques y, sin molestarse en levantar la cabeza, había murmurado:
—De lo que sea.
Ella había pensado que simplemente estaba cansado por la escuela y las clases extracurriculares. Incluso había investigado tutoriales en internet para hacerle, con sus propias manos, un modelo planetario que se iluminara en la oscuridad.
Ahora se daba cuenta de que no era falta de entusiasmo.
Era que él ya le había entregado toda su ilusión a otra persona.
—¿Valeria? —una voz suave sonó a sus espaldas.
Valeria se giró.
Natalia estaba a unos pasos de distancia. El vestido blanco resaltaba su figura delgada y su rostro dulce. Abrió un poco los ojos, fingiendo sorpresa, como si apenas notara su presencia.
—¿Por qué llegas hasta ahora? —Natalia se acercó rápidamente, con un tono lleno de una preocupación calculada—. Diego acaba de preguntar por ti.
Valeria la observó en silencio.
Natalia era tres años menor que ella, la hija de Alberto Montalvo y su segunda esposa, Adriana. Desde niñas, como Natalia siempre fue «enfermiza», toda la familia Montalvo le exigía a Valeria que cediera ante ella.
Le había cedido sus juguetes, su habitación, e incluso el amor de su propio padre.
Más tarde, cuando Natalia se fue al extranjero a estudiar Medicina de Rehabilitación, la mitad de su colegiatura y gastos de manutención salieron del bolsillo de Valeria.
En aquel entonces, Natalia le había tomado las manos con los ojos llorosos y le había dicho:
—Valeria, te lo juro, algún día te voy a pagar todo esto.
Y vaya que había regresado para pagárselo.
Había regresado a la casa de los Castillo. Había regresado al lado de Lorenzo. Había regresado al lado de su propio hijo.

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