Magdalena miró la muñeca de Cristina y comentó:
—Es un reloj bonito, pero parece más apropiado para los altos cargos de una empresa. Tomando en cuenta que usted trabaja con tijeras y tela, no creo que sea práctica para su uso, mucho menos siendo un reloj tan voluminoso.
Cristina fingió estar de acuerdo y asintió con la cabeza.
—Tienes razón, pero no pasa nada, me lo puedo quitar cuando esté trabajando. Además, es mi primer reloj en pareja con Natán.
A Magdalena le pareció que la dulce y tierna sonrisa de Cristina era demasiado molesta, sobre todo porque estaba tan enojada que no sabía qué responder. Por otro lado, Cristina estaba feliz porque logró su objetivo: quería ver la expresión contorsionada de Magdalena, pero esto no era nada comparado con lo que la mujer le había hecho antes.
De pronto, Natán se acercó y tomó la mano de Cristina.
—El parque de diversiones cerrará pronto, tenemos que irnos ya —dijo el hombre.
—¡Cierto! ¡Vámonos! —respondió Cristina con dulzura.
Mientras tanto, Magdalena se quedó atrás simplemente observando cómo la pareja se alejaba; sus espaldas poco a poco desaparecían a la distancia y mantenían una alegre conversación. Verlos de esa manera solo enfureció más a la mujer.
El parque de diversiones brillaba con luces deslumbrantes y la música alegre llenaba el ambiente. Cristina subió a todas las atracciones junto con Natán y no pudo evitar sentirse despreocupada, como si fuera una niña de nuevo; casi al final, subieron a la rueda de la fortuna. Mientras su cabina ascendía lentamente, Cristina contempló los edificios que poco a poco se hacían más pequeños debajo de ellos y suspiró.
—Cuando era niña solía envidiar a Emilia porque Miranda la traía al parque de diversiones con frecuencia, pero jamás me trajeron con ellas —dijo Cristina con voz melodiosa y clara.
Natán observó su cuerpo delgado en silencio.
«Su madre enfermó gravemente cuando era muy pequeña, y su padre jamás le demostró su amor, así que debió sufrir demasiado», pensó él.
Con cuidado, Natán colocó sus manos alrededor de las mejillas de la chica y dijo:
—De ahora en adelante no tienes que envidiar a nadie, yo mismo me encargaré de darte el mundo entero. —Era su joya más preciada.
Cristina no pudo evitar soltar una risita luego de oírlo, entonces entrecerró sus ojos divertida y entrelazó su dedo meñique con el de él.
—No olvides lo que acabas de decir, tampoco te atrevas a engañarme —dijo ella sintiéndose completamente satisfecha, como si fuera una niña a la que le cumplieron su más grande deseo.
Mientras tanto, Natán se acercó a ella y besó la mejilla de Cristina con cuidado, luego llevó sus labios hasta su nariz y finalmente, la besó en la boca con ternura; de inmediato, una fragancia dulce los inundó dentro de la cabina. Al mismo tiempo, mientras se acercaban al punto más alto de la rueda de la fortuna, comenzó un espectáculo de fuegos artificiales que llenó el cielo oscuro de la noche y, dejó caer un brillo radiante sobre la joven pareja que se abrazaba.
De regreso en el condominio de lujo, Magdalena se encontraba bebiendo alcohol para aminorar la molestia que sentía en su corazón. Mientras bebía, la imagen de Natán y Cristina juntos se volvía más clara en su imaginación, entonces sacó su teléfono y llamó a Francisco.
—¿Por qué no has hecho nada todavía? Ya pasó una eternidad.
Por su lado, Francisco estaba en medio de una grabación para una serie, pero en esos momentos se estaba tomando un leve descanso; el hombre se recargó en su silla y observó el cielo nocturno con detenimiento, pues le recordaba a la noche que había pasado con Cristina, ese día en el que vieron el amanecer. El hombre tuvo varias oportunidades para sembrar discordia entre la pareja, pero nunca lo hizo.
—Tenemos las fotos, así que no te preocupes, comenzaré con el plan cuando se sea el momento adecuado —respondió él con tranquilidad.
Sin embargo, Magdalena se mostró fría al responder:
—No me digas que estás siendo condescendiente con esa estúpida porque no te atreves a lastimarla.
«Si él no tiene el valor de hacer las cosas, entonces tendré que hacerlo yo», pensó Magdalena.
A lo que Francisco respondió con frialdad:
—Claro que no, para mí es más importante obtener beneficios y sobrevivir. —Luego de haber vivido una infancia difícil, el hombre tuvo que aprender los métodos más bajos de supervivencia, incluso en el mundo laboral, lo cual le fue de ayuda en el mundo del entretenimiento.
«La familia Suárez le dio a Emilia lo mejor, incluso tuvo oportunidad de asistir a clases de ballet y de música y siempre llevaba la ropa más bonita. Es sorprendente verla trabajando aquí como adulta, al parecer Miranda hizo un excelente trabajo criando a su hija, ¿no?».
Emilio se sintió humillada de inmediato por la bancarrota de su familia, ni siquiera fue capaz de controlar su temperamento, por lo que su coraje estalló contra la provocación de Cristina.
—¡Cristina, fue culpa tuya que mis padres se divorciaran! ¡No eres más que una maldita zorra! —los ojos de la mujer estaban enrojecidos, pero, aun así, se contuvo para no hacer pedazos a Cristina.
«¡Es su culpa que terminara en estas condiciones!», pensó Emilia.
—¿Esto es mi culpa? No lo creo, en aquel entonces, tu madre y tú destruyeron a mi familia y ahora solo estás probando una cucharada de tu propia medicina —respondió Cristina con frialdad, pero satisfacción en sus palabras. La chica no quería perder el tiempo con Emilia, además, verla tan orgullosa la hizo reafirmar su creencia de que era igual a su madre; como dice el dicho: de tal palo, tal astilla.
Lamentablemente, la crueldad que Emilia y Miranda demostraron en el pasado casi le costó la vida en varias ocasiones, además, le dejó una gran herida que todavía no cierra, por lo que sabía que no podía sentir ni un poco de lástima por ellas. Después de dejar la bolsa con la ropa, Cristina solicitó que el encargado firmara de recibido y estaba a punto de irse cuando de repente, Emilia la detuvo.
—¿Por qué te vas tan pronto? Algunas de nosotras quisiéramos que nos tomaras las medidas para hacernos vestidos —dijo Emilia con cierta diversión.
Cristina frunció el ceño de inmediato.
«¿Por qué está siendo amable de repente? Estoy segura de que está tramando algo», pensó Cristina.
—Si estás interesada en un vestido personalizado, sugiero que realice una cita con mi empresa, entonces estaremos felices de atenderte. Me temo que no puedo realizar ninguna reserva privada —contestó Cristina con amabilidad.
Sin mediar palabra, Emilia se acercó a Cristina y sacó un anillo de diamantes metiéndolo discretamente al bolso de su media hermana. Entonces, una sonrisa llena de malicia se dibujó en sus labios al darse cuenta de que, en efecto, el objeto «robado», había caído donde quería.
Cristina se giró rápidamente para irse cuando de repente, la mujer que había comprado el vestido que llevaba, la detuvo del brazo.
—Desapareció mi anillo de diamantes, así que nadie puede salir de esta habitación —dijo la mujer nerviosa.

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