La mujer le había pedido ese anillo prestado a un cliente, pero el artículo estaba valorado en decenas de millones, por lo que estaría condenada si lo perdía. Ante eso, Cristina apartó sus manos de repente y dijo:
—¿Qué tiene que ver conmigo que haya perdido ese anillo? Ni siquiera me acerqué a su tocador.
Al darse cuenta de lo que estaba pasando, Emilia llamó rápidamente al representante y ordenó que llamaran a la policía; era más que evidente que sus intenciones eran llamar la atención de todos.
—Clara, no confíes en ella, desde que éramos jóvenes le gustaba robar, recuerdo que incluso me robó una pulsera —comentó Emilia tratando de dañar la reputación de Cristina.
Ante eso, Cristina no se contuvo:
—¡Tonterías!
En aquel entonces fue Emilia quien metió la pulsera en su bolso, por lo que todos creyeron que ella lo había robado. Luego de lo sucedido, Emilia se quejó con su madre y esta encerró a Cristina en completa oscuridad por unos días; al recordar ese suceso, Cristina perdió el aliento.
Justo en ese momento, llegaron el director del hotel y los hombres de seguridad.
—¡Oficial, esta mujer se robó el anillo de mi compañera! Deténgala de inmediato.
«Si el Corporativo Radiante descubre que es una ladrona tendrán que despedirla, y toda la industria del diseño comenzará a rechazarla, por lo que le será imposible volver a encontrar trabajo teniendo antecedentes penales».
Emilia no tuvo temor de acusarla, pues quería destruir su reputación por completo, pero ante eso, la mirada de Cristina se ensombreció.
—¿Por qué soy la única a la que van a revisar? Todas las personas aquí también deberías ser registradas —insistió Cristina pues se negaba a ser tachada como ladrona.
De esta manera, uno de los oficiales solicitó a un agente que los investigara a todos. Mientras tanto, Emilia observaba la situación con bastante emoción pues solo estaba esperando para soltar un comentario mordaz una vez que encontraran el anillo en el bolso de Cristina, sin embargo, el agente buscó y buscó y sacó todo del bolso de la chica, pero, para sorpresa de todos, no encontró el anillo por ninguna parte. De inmediato, Emilia abrió sus ojos de par en par.
—¡Imposible! ¡El anillo estaba en el bolso de Cristina! —exclamó Emilia.
A lo que Cristina la volteó a ver con frialdad.
—¿En mi bolso? ¿Acaso tú lo pusiste ahí? Para que lo sepas, ¡tratar de inculpar a otra persona es un delito!
«Sin importar lo que haya hecho Emilia, debe ser castigada por la ley», pensó Cristina.
El desconcierto atravesó los ojos de Emilia.
«Yo misma puse el anillo dentro de su bolso, ¿qué habrá sucedido? ¿Por qué no está ahí? ¿Será que Cristina es una bruja? ¿O ella...?», la mujer ni siquiera pudo terminar con su hilo de pensamientos pues un escalofrío le recorrió la espalda.
Uno de los oficiales procedió a revisarla y ¡Dios mío! El anillo de diamantes cayó al suelo desde el cuerpo de Emilia. Cuando la atención de todos se centró en el anillo, Clara, la persona que lo había perdido, se acercó rápidamente al suelo y lo recogió.
—¡Emilia, no tienes vergüenza! Sabía que me tenías envidia, pero no puedo creer que hayas sido capaz de tomar mi anillo —dijo Clara enfurecida.
De inmediato, el color desapareció del rostro de Emilia.
—Pero... No, yo no lo robé, no fui yo... —respondió la mujer.
A lo que Clara respondió:
—¡Todos vimos cuando el anillo cayó de tu cuerpo!
—Este... —Emilia se había quedado sin palabras.
«¿Cómo le hizo Cristina para regresarme el anillo?», se preguntó.
La mujer no tenía manera de explicar lo sucedido, por lo que una oficial la esposo y no tuvo más remedio que llevarla consigo a la estación de policías para interrogarla. Para su fortuna la conmoción había terminado y Cristina pudo regresar a su trabajo sin mirar atrás.
En el momento en que Emilia la detuvo antes de irse y se acercó a ella, Cristina ya estaba siendo precavida; lo que Emilia tenía planeado era demasiado obvio y ni siquiera volvió a cerrar la bolsa de Cristina sabiendo que esta estaba cerrada; fue en ese momento que Cristina descubrió que el anillo estaba en su bolsa. Poco después, Cristina tuvo la oportunidad de regresarle el anillo cuando estaban hablando.
«Emilia jamás se imaginó que cosecharía lo que sembró», pensó Cristina.
Por otro lado, la chica no le contó a nadie sobre lo que había pasado cuando regresó al Corporativo Radiante. Y cuando era casi hora de salir, recibió una llamada de Julia.
—Cristina, ven con Natán a cenar a la residencia Herrera esta noche —dijo Julia.
—Muy bien, ahora, vamos a cenar —respondió Julia.
Mientras Julia y Silvana se dirigían al comedor, esta última le preguntó:
—¿Cómo pudiste aceptar a esa mocosa?
—¿Y por qué no lo haría? Sé que no tiene malas intenciones —respondió. En un principio, Julia quería que su hijo se casara con una mujer de la alta sociedad para reafirmar su estatus, pero ahora, su único deseo en la vida era que él fuera feliz.
Por otro lado, a pesar de que estaba molesta, Silvana no dijo nada más. Poco después tomaron asiento alrededor de la mesa y Cristian regresó a casa.
Silvana lo miró.
—Cristian, ¿en dónde has estado? —preguntó.
—Me reuní con un cliente —respondió el hombre mientras entraba al comedor. Entonces, Cristina se puso de pie y lo saludó con amabilidad, pero fue en ese momento que pudo percibir un aroma femenino desde la ropa del hombre.
Era obvio que ese perfume no era de Julia. Por su lado, Cristian la saludó e indicó que podía sentarse. Durante la comida, tuvieron conversaciones muy vagas, a diferencia de Silvana que hablaba cada que tenía oportunidad, pero el resto de las personas se mantuvieron relativamente en silencio; una vez que la comida concluyó, Julia y Silvana decidieron salir a dar una caminata.
En ese momento, Cristian se fue al balcón para hacer una llamada.
—Cristian, me duele la cabeza y me siento mareada, ¿podrías venir a hacerme compañía? —dijo Linda al otro lado de la línea.
Aunque Cristian se había ido del Chalé Yaynez, ella todavía tenía la esperanza de que regresaría. La mujer se había aferrado a él durante años y no tenía intenciones de darse por vencida todavía.
Por otro lado, Cristian estaba perplejo, sabía que todo era culpa de Linda, pero tampoco era tan malo como para ignorarla.
—Te acabo de visitar en el hospital y el médico dijo que debes descansar, así que estarás bien.
Pero Linda insistió:
—Cristian, me está doliendo mucho el estómago, tú debes saber cómo se siente... ¿No puedes venir a visitarme ahora mismo?

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