En aquellos años Francisco tendría unos 10 años y su madre, Linda, estaba embarazada y recientemente había regresado de hacerse un estudio de rutina; entonces, Julia logró burlar al mayordomo y entró a la casa. Poco después, ella y Linda comenzaron a pelear a palabras, mientras que Julia permaneció de pie en lo más alto de las escaleras.
—No tienes vergüenza, ¿en serio crees que tener otro hijo de Cristian hará que me quites mi lugar? —dijo la esposa.
—Ni siquiera necesito entrar a la fuerza con tu familia, el hecho de que Cristian decida estar conmigo es todo lo que importa —respondió Linda con una pizca de egoísmo en su mirada.
«¿Qué podría molestar más a Julia que el que le quiten a su esposo?».
Linda se deleitó viendo como la altiva y poderosa hija de la familia Herrera se derrumbaba ante el insulto preferido de una persona de la clase baja como ella; en ese momento se dio cuenta de que los títulos no importaban para nada. Ante eso, Julia comenzó a temblar de la ira.
—No puedo creer que alguna vez te consideré una buena amiga, Linda, si hubiera sabido que esto pasaría, jamás te habría defendido de los demás y hubiera permitido que aquellos hombres terminaran contigo. De haberlo hecho, no serías tan altanera como en estos momentos —dijo Julia con frialdad en sus ojos—¿En verdad crees que podrás ser parte de la familia Herrera, así como así? Lo mejor que puedo hacer es quitarte a tu hijo y que crezca con nosotros, pero no te preocupes, cuidaré bien de él.
Sus palabras provocaron cierto dolor en el corazón de Linda, pues sabía que Julia se estaba burlando de ella; además, era imposible que tratara bien a su hijo luego de saber que la detestaba a ella. Así que, presa del pánico, Linda agarró a Julia de su blusa y le gritó como loca:
—¡Jamás te llevarás a mi hijo! ¡No puedes separarnos!
—¡¿Qué crees que estás haciendo?! ¡Suéltame! —exclamó Julia.
Al mismo tiempo, de pie junto a la escalera, el pequeño Francisco observaba la pelea que se desarrollaba, cuando de repente, un grito desgarrador se pudo escuchar por toda la casa y Linda cayó por las escaleras; de su cuerpo salía mucha sangre. A pesar de que la llevaron rápidamente al hospital, no pudieron salvar al bebé, y lo peor fue que, debido a que sufrió un trauma físico, Linda no podría volver a tener bebés. Esta tragedia era un recuerdo muy doloroso para ella, por eso, estaba dispuesta a soportar cualquier cosa con tal de que Julia no pudiera disfrutar de su vida.
Francisco permaneció un rato en silencio y una repentina ráfaga de viento lo sacó de sus pensamientos, entonces se inclinó un poco sobre su madre y dijo:
—Es tarde, deberías descansar.
Fue en ese momento que Cristina despertó debido al ruido y vio a Linda llorando.
—Señora Mendoza, ¿no se siente bien? —preguntó la chica preocupada.
—Mi madre necesita descansar, no la molestemos —dijo Francisco arropando a Linda con una manta antes de irse junto a Cristina.
Francisco condujo por las calles de la ciudad sin un destino en mente, la luz brillante de la luna se filtraba entre las ramas, proyectando un brillo melancólico sobre su atractivo rostro; sus rasgos andróginos que eran demasiado fríos lo hacían lucir sorprendentemente atractivo, lo mismo que favoreció su carrera como actor. De hecho, el reciente estreno de su película recibió muchos elogios, y como si fuera magia, la cifra de su cuenta bancaria logro multiplicarse de la noche a la mañana.
Con voz tranquila, Cristina dijo:
—Tal vez será mejor que no me lleves a casa, ¿por qué no te vas a descansar?
—¿Estás preocupada por mí? —preguntó el chico con una sonrisa.
Cristina resopló y evitó la mirada del hombre, solo se cruzó de brazos.
—Le estás dando demasiada importancia a mis palabras.
«¿Es necesario que nuestra conversación informal se vuelva tan ambigua?».
A Francisco le gustó ver a la chica nerviosa, sobre todo cuando notó que su rostro se sonrojó de un tono rosa, pero muy delicado. De pronto, se detuvo bruscamente, provocando que Cristina casi golpeara su cabeza contra el parabrisas. La chica estaba a punto de reclamarle cuando al girarse, se dio cuenta de que el guapo rostro de Francisco había perdido el color y mantenía el ceño fruncido.
—¿Qué ocurre? —le preguntó.
—Me duele el corazón —respondió él con una mueca de dolor.
—¿En serio? Qué palabras tan banales, ¿ya te estás sujetando el pecho? ¿Podrías ser más delicado al conducir? —dijo Cristina pensando que se trataba de una broma, así que jamás midió la gravedad de la situación.
«¿Por qué a madre e hijo les gusta fingir enfermedades?», se preguntó ella.

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