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¿Mi esposo es mi amante secreto? romance Capítulo 211

En ese momento, Sheila entró en pánico.

«¿Qué debo hacer? Tengo que entregarle los diseños a Zacarías lo antes posible, si no lo hago, todos se van a burlar de mí; lo peor es que me tienen envidia, y si me ven fallar, perderé mi dignidad dentro del Corporativo Radiante», pensó la chica.

Sheila bajó la mirada y vio la fotografía que tenía de fondo de pantalla en su teléfono, entonces, un oscuro destello pasó por sus ojos.

«¡Ya sé que tengo que hacer! Voy a presentar los diseños de Ada».

A las diez en punto de la mañana, Sheila presentó los diseños y a Gina se le iluminaron los ojos cuando los vio.

—Ese vestido se ve demasiado bonito con las flores de jazmín, si el producto final tiene el mismo efecto, estoy segura de que se venderá muy bien.

—Les dije que no los iba a decepcionar —dijo Sheila con una sonrisa en el rostro.

«Es un simple vestido, a cualquiera se le podría ocurrir un diseño así», pensó ella.

—Bien hecho. El siguiente paso es que procedas a confeccionar los vestidos, debes tenerlos listos para finales de este mes —le recordó Gina.

Era un calendario muy apretado, porque podría necesitar modificar la colección durante la primera mitad de la producción, lo que claramente retrasaría el proceso.

—¿Te gustaría que Cristina te ayude? Es muy hábil bordando y cosiendo —dijo Gina.

—No, no se preocupe, señora Ponce. Yo misma terminaré el trabajo a tiempo —respondió Sheila rechazando la sugerencia.

«No puedo permitir que Cristina me ayude porque podría copiar los diseños de Ada».

—Está bien, en ese caso dejaré que regreses a tu trabajo.

Sheila sostuvo los diseños contra su pecho y se dio la media vuelta para irse, pero se sentía un poco frustrada por la sugerencia de Gina, ya que ella también sabía bordar y coser muy bien, no creía presentar problemas a la hora de hacer las prendas.

Mientras tanto, Cristina terminó su trabajo antes de lo esperado. Pero, dado que tenía que terminar con otros conjuntos de ropa, se dirigió a la sastrería, pero en el momento en que entró, se encontró con Sheila y su asistente; los atrapó escondiendo los diseños y las telas cuando cruzó la puerta.

Ante su reacción, Cristina se quedó sin palabras.

«¿Acaso está preocupada? ¿Piensa que le robaré sus diseños? Ni siquiera me interesa saber qué hizo», pensó Cristina de inmediato.

Pronto, la chica encontró un asiento y se sentó dándoles la espalda. La luz caía sobre su delicada figura y se podía ver lo que estaba haciendo en el reflejo del espejo. En ese momento, se podía observar que Cristina estaba extendiendo la ropa sobre su mesa y comenzó a bordar con precisión; la manera en que sus dedos se movían con rapidez y delicadeza hacía que pareciera que estaba tocando el piano.

Al verla trabajar, la asistente de Sheila quedó boquiabierta, había escuchado sobre la habilidad de Cristina, pero jamás la había visto en persona, la mujer estaba en otro nivel a comparación de todos ellos; de hecho, se dio cuenta de que lo que ella podría hacer en media hora, Cristina lo hizo en diez minutos.

—¿Deberíamos pedirle ayuda a la señorita Suárez? —susurró la asistente de Sheila cuando Cristina se fue. Sabía que los dibujos de Sheila dependían en gran medida del bordado, y hacer las flores de jazmín sería una tarea difícil.

Lo que la asistente no sabía era que Sheila era una mujer muy orgullosa, así que jamás pediría ayuda de nadie, y mucho menos a Cristina.

—¡Claro que no! ¿Cómo puedes convertirte en diseñadora si ni siquiera sabes bordar? —respondió Sheila.

Luego de oírla, la asistente no se atrevió a decir una sola palabra.

En el Corporativo Herrera, Magdalena recibió una llamada desde casa.

—Magda, ¿te gustaría ir conmigo a la iglesia este fin de semana? —preguntó la madre de la mujer.

—Tengo muchas cosas que hacer, no puedo ir contigo —rechazó Magdalena.

«Sé que Natán vendrá a la oficina durante el fin de semana, así que prefiero mil veces venir a verlo, que ir a la iglesia», pensó ella.

Marlene Torres, madre de Magdalena, trató de convencerla.

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