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¿Mi esposo es mi amante secreto? romance Capítulo 237

Natán le ordenó al guardaespaldas que se la llevara. Mientras tanto, Silvana había subido las escaleras porque no encontraba a Alana; entonces, para su sorpresa, vio a Alana pegada al guardaespaldas, bailándole como de manera provocativa. Era un espectáculo espantoso, ya que parecía una desnudista en la pista de baile.

—¿Qué demonios le pasa? —El rostro de Silvana se oscureció como las nubes en una tormenta.

Cristina, tras haber recogido sus cosas, salió de la habitación y miró con tranquilidad a Alana.

—Intentó hacerme daño, pero ahora está sufriendo las consecuencias de sus propios actos. Supongo que el karma está haciendo lo suyo.

Silvana abrió los ojos de par en par, pues no tenía idea de que Alana fuera tan despreciable: «Yo solo intentaba sacar de quicio a Cristina. Si de verdad terminaba herida, Natán se pondría furioso conmigo».

Natán frunció el ceño y su silencio indicaba su enfado. Tomó del brazo a Cristina y le instó:

—Vamos a casa.

«¿Irnos a casa? La mansión Sharoncella es mi casa. ¿Desde cuándo es nuestra casa?». Cristina contuvo su enfado y siguió a Natán abajo, dejando que Silvana se encargue de la culpable que causó el alboroto.

En el coche solo se escuchaba el espantoso silencio. Natán le echó un rápido vistazo al equipaje que llevaba Cristina: «Parece que está decidida a no volver». Luego, dirigió una mirada fría al asiento del copiloto y ordenó:

—Sebastián, asegúrate de ir más tarde a Mansión Jardín Escénico y lleva mis trajes y pertenencias esenciales a la mansión Sharoncella.

Sebastián frunció los labios: «¿Se está mudando?».

—Sí, señor Herrera.

Cristina no podía contener más su frustración; se dio la vuelta y se cruzó miradas con Natán, quien la veía con frialdad.

—La mansión Sharoncella es demasiado pequeña para guardar tus innumerables atuendos. ¿Por qué te comportas tan infantil?

—Si no quieres quedarte conmigo, ¿no puedo mudarme allí para quedarme contigo?

La mirada de Natán era cautivadora, atrayéndola como un poderoso remolino y hundiéndola más en sus ojos. Una vez más, el ambiente se puso incómodo. Cristina sintió un resentimiento que surgía en su pecho: «¿Quién está siendo poco razonable y exigente?».

De pronto, el coche se desvió de manera brusca, haciendo que las llantas chirriaran contra el pavimento. Cristina chocó con el pecho de Natán, sintiendo su cálido aliento en la cara mientras su corazón se aceleraba. Al mismo tiempo, el instinto de Natán fue estirar la mano y agarrarla por la cintura para protegerla. Al preocuparse, él frunció el ceño y preguntó:

—¿Estás lastimada? —Su voz tenía un tono suave, cuyo calor reconfortante envolvía el corazón de Cristina.

—Estoy bien —contestó, sonrojada.

La furia que sintió Natán toda la noche se desvaneció al oír la voz tímida de ella; a pesar de su fachada de rudo, estaba dispuesto a arriesgarse para darle un abrazo cálido y reconfortante a Cristina. Con su mano enorme, le acarició el cabello con suavidad y habló con tono afectuoso:

—Está bien. Ya no te enojes conmigo, ¿sí?

—Ya no estoy enojada —le contestó, tomándolo de la mano—. No tienes que traerte tu ropa. Mi bolsa está llena de ropa y herramientas.

Capítulo 237 Mi amor 1

Capítulo 237 Mi amor 2

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