«¿Diseñar un atuendo temático para el compañero que tenemos al lado?».
—¿Puedo cambiar de compañero? —refunfuñó Cristina en voz baja. Su eficiencia se vería afectada si un hombre como Francisco se quedaba mirándola.
—¿Cómo puedes decir eso? La gente se pelea por ser parte de mi equipo —protestó Francisco. Su deseo de vengarse se notaba en su mirada—. Deberías valorar la oportunidad de trabajar conmigo; al fin y al cabo, las grandes marcas compiten entre sí para convencerme de vestirme con su ropa cuando camino por la alfombra roja.
Francisco medía más de un metro con ochenta centímetros y tenía un rostro seductor; no le sobraba grasa en la cintura y tenía una proporción corporal perfecta. En otras palabras, era impecable y los atuendos que llevaba siempre se agotaban.
—¡Ja! Solo espero que no me estorbes —dijo Cristina, incapaz de encontrar una excusa para rechazarlo.
Para facilitar las grabaciones, Selena incluso alquiló una mansión para que los participantes descansaran; incluso, se aseguró de que cada diseñador tuviera su propia habitación. Además, los estudios estaban provistos de distintos tipos de equipamiento y telas para que pudieran llegar a su máximo potencial. Después de enviarlos allí, los fotógrafos se quedaron para tomar fotos de su vida cotidiana y su horario de trabajo antes de subirlas a internet.
La habitación de Cristina estaba en el tercer piso; no tenía idea de si el personal conocía o no la historia de su maestra con Sara, pero resultó que Margarita y Natalia se alojaron frente a ella. En su interior, Cristina se burló: «Qué pequeño es el mundo».
Por otro lado, en la sala de conferencias, los ejecutivos del programa contemplaban los resultados de los espectadores.
—¡Qué programa tan brillante! Tenemos más de cien millones de vistas para el primer episodio. ¡Nuestro canal saldrá adelante!
—Todo gracias a que el presidente ejecutivo invitó a la señorita Selena. Su aparición fue lo que llamó la atención de la gente.
El presidente ejecutivo de la cadena movía la pierna mientras sonreía y, abordando por separado al director, murmuró:
—Tienes que mantener un gran número de espectadores creando momentos destacados. Sabes a qué me refiero, ¿verdad?
—Por supuesto. Daré todo mi esfuerzo, pero la señorita Selena… —respondió el directo, dudoso.
Cuando invitaron a Selena al programa, le prometieron que las cosas serían justas. Si ella se enteraba de que habían hecho trampas sucias, las cosas podrían salir mal. Sin embargo, a un hombre de negocios solo le importaban los espectadores y los beneficios que pudiera obtener un programa de televisión.
—No te pedí que alteres la clasificación —dijo el presidente ejecutivo con una mirada sombría—. Selena puede tener lo que quiera, pero tú también puedes hacer lo que quieras detrás de escenas.
—Entiendo. Trabajaré en ello ahora mismo —dijo el director y salió de la oficina.
Aquella noche, los diseñadores vieron un fragmento del último episodio. Con la incorporación de estrellas masculinas y modelos al programa, el número de espectadores se disparó. Los diseñadores del programa también ganaron más seguidores; de hecho, Cristina notó que los seguidores de sus redes sociales crecían más y más.
«Si el video está en línea, puede ser que Natán ya lo haya visto», pensó ella, sintiendo una oleada de preocupación mientras miraba su teléfono. Ya podía imaginarse el ceño fruncido de Natán cuando lo viera. Tras reflexionar, decidió ser sincera con él y le hizo una videollamada, la cual este contestó enseguida. Cristina notó que él seguía en su oficina y que el cielo por fuera se veía oscuro. Se notaban las estrellas, pero para Cristina nada era tan radiante como él.
—¿Sigues trabajando, Natán?
Natán sintió que se le detuvo el corazón cuando oyó su voz; murmuró de manera afirmativa y, además, preguntó:
—¿Cómo van las cosas por allá?


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