—¿Estás bien?
Una voz suave llegó a los oídos de Cristina mientras se tocaba el pecho con el corazón latiendo a toda velocidad. Ella lo miró y sonrió levemente en dirección del hombre.
—Estoy bien —dijo ella.
Natán la ayudó a ponerse de pie y le acarició las mejillas con cuidado.
—Adelgazaste —dijo el hombre.
El rostro de Cristina solía estar un poco redondo, eran tan esponjoso como el algodón de azúcar.
Cristina levantó el rostro y respondió:
—Estuve comiendo bien, así que no creo haber perdido peso solo por hambre, tal vez adelgacé porque te extrañaba.
Natán soltó una carcajada y negó con la cabeza.
—Vamos, hay que ir al hotel —dijo el hombre.
Se estaba haciendo tarde y no quería que Cristina se cansara mucho sabiendo que, si regresaban ahora mismo, el vuelo sería mucho para ella.
—Muy bien, dame un momento, necesito empacar mis cosas —dijo Cristina dirigiéndose tras bambalinas.
Natán quería ir con ella, pero justo en ese momento, recibió una llamada de Magdalena. Al darse cuenta, Cristina dijo:
—Debes contentar, seguramente te habla por algo importante. Puedo ir sola por mis cosas.
—Bien, en ese caso, aquí te estaré esperando —respondió Natán.
Después de que la chica asintiera y se fuera, él contestó. Pronto, la voz de Magdalena fue escuchada al otro lado de la línea:
—Señor Herrera, hubo un pequeño problema con la producción de un lote de materiales de cuero en la fábrica; los proveedores que contratamos para la materia prima tienen prevista aumentar sus precios. Ya le mandé por correo electrónico la información de los proveedores, así que, por favor avísame cuando haya decidido lo que quiere hacer.
Natán murmuró en respuesta y cortó la llamada. Justo cuando estaba a punto de entrar al estudio, un miembro del equipo de producción salió corriendo y gritó:
—¡Llamen a la ambulancia! ¡Una de las diseñadoras está herida!
Todos los diseñadores que concursaron ya se habían ido, mientras que Selena, Benjamín y Margarita estaban en la fiesta de celebración, por lo que solo quedaban los miembros de producción y quienes se encargaban de limpiar. Todavía confundidos, una figura alta irrumpió en el estudio como una bestia feroz. Mientras tanto, el miembro de equipo siguió gritando:
—¡Déjenme ver! ¡Llamen a una ambulancia! El diseñador está perdiendo mucha sangre.
Otro miembro del equipo entró en razón y llamó a la ambulancia desde su teléfono; el resto de los presentes dejaron de lado lo que estaban haciendo y fueron a ver lo qué estaba pasando. Natán se dirigió a toda prisa a los bastidores y se encontró con una esbelta figura tendida en el suelo entre varias máquinas de coser; el suelo también estaba cubierto de sangre.
—¡Cristina! —exclamó el hombre con todas sus fuerzas mientras que el olor de la sangre llenaba sus fosas nasales. Natán tomó a la mujer entre sus brazos, su rostro estaba pálido y se veía demasiado frágil—¡Fuera de mi camino! —gritó Natán como si fuera un león salvaje y de su cuerpo emanaba una fuerte aura de furia.
—Necesitan dejar la sala para que hagamos nuestro trabajo.
Al instante, se pudo sentir la tensión dentro del área de urgencias. Varias enfermeras se coordinaron y asistieron al médico mientras que Natán cerraba los puños con fuerza; en estos momentos su única opción era quedarse a su lado como si fuera su ángel de la guarda.
—Ya informamos a la policía, señor Herrera. En estos momentos están yendo a la escena del crimen para tomar las pruebas —dijo Sebastián, informándole a Natán.
Sin embargo, lo único que tenían hasta el momento era que Cristina había sido agredida, pero más allá de eso, no tenían información. Cuando sucedió el ataque, todos los miembros de la producción estaban ocupados con sus respectivas tareas, además, la mayoría de ellos eran empleados a tiempo parcial que tampoco se conocían muy bien entre ellos, por lo que no prestaron atención a individuos que se vieran sospechosos, lo que solo dificultaba más la investigación.
—No me importa cómo lo hagan, pero debemos llegar al fondo de esto mañana mismo —dijo Natán con los ojos rojos. El aura del hombre era aterradora y opresiva.
—De acuerdo, señor Herrera —dijo Sebastián, quien poco después ordenó a sus hombres que encontraran más pistas.
Mientras salía del hospital, Sebastián maldijo para sus adentros.
«¡Acabaremos con la persona que hirió a la señorita Cristina!».
Mientras tanto, Natán se quedó afuera de la sala de urgencias con los ojos clavados en Cristina, quien todavía estaba siendo atendida por los médicos. Al mismo tiempo, cada que el médico miraba hacia afuera, no podía evitar sentir una presión enorme sobre sus hombros al encontrarse con la mirada fría de Natán, aunque entendía que el hombre solo estaba preocupado por la paciente, su abrumadora presencia hacía que fuera difícil de ignorar.
No obstante, eso no impidió que el médico llevara a cabo sus tareas con precisión y eficacia, pues al cabo de treinta minutos, la herida estaba curada. Por suerte, el golpe no había sido tan profundo como para necesitar punto, así que, una vez que la hemorragia fue controlada, la llevaron hasta una habitación. Dentro de esta, el ambiente olía fuertemente a desinfectante y la enfermera preparó algunos medicamentos y dio instrucciones a Natán; por un lado, la mujer no pudo evitar maravillarse ante el hombre frío, pero increíblemente apuesto que tenía a su lado.
Por otra parte, Natán simplemente se limitaba a asentir con la cabeza o a murmurar ya que en realidad no le estaba prestando atención; luego de darle las instrucciones necesarias, la enfermera se fue. Bajo la luz tenue de la habitación, Cristina yacía tranquilamente sobre su cama, con una mano conectada a una intravenosa. Su rostro pálido guardaba un sorprendente parecido con la luna, mientras que su esbelta figura desprendía una fragilidad que tocaba el corazón de cualquiera que la estuviera viendo.

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