Natán se quedó sentado junto a Cristina sujetando su mano. Según el médico, su herida no era peligrosa y despertaría luego de que se le pasara el efecto de la anestesia, no obstante, Natán no podía evitar preocuparse. Sabía que Cristina se asustaría si despertaba y no estaba él a su lado.
En un abrir y cerrar de ojos la oscuridad de la noche comenzó a verse dorada con el amanecer; fue en ese momento que Natán se dio cuenta de que permaneció despierto durante toda la noche. En eso, abrieron la puerta de la habitación y entró Sebastián; ver a Cristina en la cama de hospital lo hizo sentir inexplicablemente molesto.
—Ya encontramos a los culpables, señor Herrera, pero tenemos que esperar a que la policía los interrogue antes de dar el siguiente paso —reportó el hombre recargándose levemente sobre el hombro de su jefe.
Los ojos de Natán se entrecerraron y su ira era algo que podía sentirse en toda la habitación.
—Quiero que en todo momento estés con la policía y me reportes cada detalle.
«No atacaron a Cristina sin motivo alguno, ni siquiera creo que haya sido porque querían robarse su trabajo; estoy seguro de que alguien está detrás de todo esto», pensó Natán.
—Entendido, señor Herrera —respondió Sebastián y se fue.
Más tarde, una enfermera llegó a la habitación de Cristina para cambiarle la intravenosa, y la mujer no pudo evitar prestar atención al hombre que estaba sentado junto a la chica; Natán era extremadamente atractivo, pero se veía tan frío que cualquiera podría ser congelado con una sola mirada del hombre.
—¡Ah! Me duele... —Una voz interrumpió el silencio de repente.
Después de un largo sueño, Cristina finalmente despertó, pero tan pronto como abrió los ojos, los cerró de nuevo debido a la luz del día. La chica sentía un dolor tan fuerte en su cabeza que creía que se desmayaría de nuevo.
—¡Iré por el médico! —dijo la enfermera.
Luego de que su vista se ajustara a la luz, Cristina abrió los ojos nuevamente para ver en dónde estaba; fue entonces que descubrió que se encontraba en la habitación de un hospital. De repente sintió una presión en el pecho.
—¡Cristina, despertaste! —dijo Natán acariciando la frente de la chica.
«Gracias a Dios no tiene fiebre», pensó él.
Como si fuera un gatito, Cristina se apoyó en los brazos del hombre; al parecer todavía no se había recuperado del susto.
—¿Te duele algo? —preguntó Natán sujetándola de los hombros.
—Sí, me duele mucho la cabeza, ¿no estoy sangrando? Recuerdo que alguien me golpeó por atrás... —Cristina quería recordar lo que vio antes de perder la consciencia, pues sentía que había visto a ese hombre antes.
«Creo que era uno de los hombros que intentó herirme dentro de la mansión. No puedo creer lo que estas personas son capaces de hacer, ¿en serio vinieron hasta aquí solo por mí? ¿Qué fue lo que hice para que alguien quisiera vengarse de esta manera?».
Natán le acarició levemente la cabeza y la miró con ternura.
—No te preocupes, ya atrapamos al hombre y la policía lo está interrogando. Nos encargaremos de hacerlo pagar por lo que te hizo.
A lo que Cristina respondió:
—Personas como él están locas, no podemos dejar que se salga con la suya... —Se suponía que Cristina debería estar celebrando su victoria junto con Natán, pero ahora todos sus planes se habían arruinado.


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