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Mi exmarido ciego firmó el divorcio sin saber que yo era su salvadora romance Capítulo 6

Belén presionó con severidad, asustando a Irene tanto que todo su cuerpo se estremeció y le empezaron a sudar las manos.

Solo pudo buscar excusas desesperadamente:

—He hecho tantas cirugías estos años que la verdad no recuerdo bien...

—¿Una doctora que no recuerda ni eso? ¿No será que eres una impostora? —Verónica la interrumpió, arqueando una ceja—. ¿Por qué no hacemos una apuesta?

—¿Tú dices que apostamos y ya? ¿Quién te crees que eres?

Aimar comenzó a gritonear inconforme, pero Gisela le dio un jalón para que reaccionara; ahora tenía que mantener su imagen de dama en todo momento.

—La señorita Marín dice ser la verdadera Serafina, así que no debería tener miedo, ¿o sí? —Verónica siguió provocándola.

—¡Apuesto lo que sea! ¡El oro puro no le teme al fuego!

Irene se aferró al brazo de Federico, creyendo que entendía perfectamente a Verónica:

—Haces todo este circo solo para llamar la atención de Fede, ¿verdad?

—Qué bajo. —Esta vez fue Gisela quien habló.

A sus ojos, mientras más dinero, más nobleza; y mientras más pobreza, más bajeza.

Verónica ignoró sus palabras como si fueran aire y clavó sus ojos fríos en Irene:

—¡Apuesto a que no puedes curar la lesión de la señorita Rosales!

—¡Puras tonterías! —Federico gritó—. No te permito que calumnies a Irene, ella ya vio el expediente de la señorita Rosales y dijo que puede curarla.

La familia Rosales, siempre cautelosa, había enviado el expediente de Estefanía días atrás.

Federico se lo mostró a Irene de inmediato, y ella dijo en ese momento que había muchas esperanzas de cura.

Irene maldijo en silencio «idiota»; solo lo había dicho por decir para engatusar a Federico, no esperaba que él se lo tomara tan en serio.

—Eso suena genial. —Verónica sonrió levemente—. Si la señorita Marín promete el cielo y las estrellas y luego no puede curarla, tendrá que ir frente a la tumba de Abel Quintana, arrodillarse, pedir perdón públicamente y gritar ante la prensa mundial que es una estafadora.

¡Quería ver cómo Irene seguía estafando después de eso!

—¡Jm! —A Federico le pareció ridículo lo que decía Verónica—. Realmente no tienes límites para tratar de manchar a Irene.

Dirigió su ataque directamente a Verónica:

—¿Y si logra curarla? ¿Tú qué vas a hacer?

Verónica respondió:

—Yo me arrodillo ante ella, golpeo mi frente tres veces y digo fuerte que me equivoqué. ¿Satisfecho?

¡Claro que no era suficiente! Aimar añadió otra condición:

—Y no podrás volver a aparecer frente a mi hermano, o te mueres.

—¡Trato hecho!

Verónica asintió satisfecha, barrió con la mirada a todos y la detuvo en aquel hombre apuesto.

—¿Podría usted ser mi testigo?

El hombre observó la espalda de Verónica mientras se alejaba, con una mirada que ocultaba un toque de escrutinio.

Gisela no lo notó y procedió a invitar con entusiasmo a Joseph a quedarse a almorzar.

Su hija había preparado todo un repertorio de talentos para mostrárselos a Joseph.

—No se molesten, tengo asuntos que atender. —El hombre apuesto rechazó la oferta de tajo.

Miró a Irene con más sospecha.

—Ya que la señorita Marín dice que puede curarla, supongo que está muy segura, así que le pido que realice la primera cirugía dentro de una semana.

¿Una semana?

¿Tan rápido?

Irene entró en pánico:

—Una semana tal vez no sea suficiente...

—Ese es su problema. Nosotros proporcionaremos el mejor equipo médico y personal de apoyo, usted solo necesita garantizar el éxito de la operación. En cuanto a los honorarios, la señorita Marín puede pedir lo que quiera.

La familia Rosales no exigió que Irene devolviera la vista a Estefanía en una sola operación, pero si ni siquiera podía realizar la primera cirugía, solo significaría que Irene era falsa.

Al ver que el hombre apuesto se iba, Aimar corrió a despedirlo.

Pero no dio ni dos pasos cuando los guardaespaldas la regresaron; hizo un puchero de lo más triste y corrió llorando a acusarlos con Gisela y Federico.

—La familia Rosales no es algo a lo que puedas aspirar, ¡mejor quítate esas ideas de la cabeza! ¡No seas ilusa! —Belén le soltó a Gisela un «controla a tu hija» y se fue a su habitación hecha una furia.

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