Verónica aún iba en camino de regreso cuando Nayara le llamó para chismear:
—¿Viste al legendario Joseph? ¿Es tan guapo como dicen, que parece caído del cielo?
—No. —Verónica olió el chisme y dijo divertida—: El que vino hoy debió ser solo su asistente.
Aunque Verónica no había visto a Joseph, podía notar que aquel hombre, aunque era un partidazo y tenía un porte extraordinario, le faltaba esa autoridad imponente de quien está en la cima.
Pero eso Verónica no se lo diría a Aimar, que esa tonta siguiera con su malentendido.
Si se le lanzaba al asistente, la única perjudicada sería ella.
Pero si se le lanzaba al verdadero Joseph, toda la familia Espinosa se iría al hoyo.
—¡Lo sabía! —A Nayara se le bajó la emoción del chisme al instante—. Con el estatus de la familia Espinosa, que Joseph mande a un asistente ya es darles mucha importancia. Lo más ridículo es que Aimar ande diciendo que va a ser la señora de la familia Rosales; no vio lo mal que terminó la última mujer que quiso meterse en la cama de Joseph. Toda su familia desapareció del círculo de millonarios del Valle de San Millán.
La familia Barcena, a la que pertenecía Nayara, también era una familia de primer nivel en el Valle de San Millán, y ella jamás había pensado en Joseph.
Ese hombre era despiadado, de mano dura y sin sentimientos; en sus ojos solo había amigos o enemigos, las mujeres ni existían para él. Eso de tratar bien a las damas no iba con él.
Así que, por más guapo que fuera, y por más que tuviera esa espalda ancha y cintura estrecha tan sexy, Nayara le sacaba la vuelta.
—Oye, mi reina, acabo de reclutar un nuevo lote de aprendices, ven a darles el visto bueno, ¿sí?
La familia Barcena se dedicaba al negocio de hoteles de lujo en todo el mundo.
A Nayara no le gustaba eso, así que abrió su propia agencia de entretenimiento. Le encantaba viajar por el mundo buscando «carne fresca», entrenarlos y debutar a los mejores.
Como Verónica tenía un ojo clínico para la gente, los dos que había señalado anteriormente ya eran estrellas de primer nivel.
Nayara insistía en pedir su opinión primero.
—Va. —Siendo algo sencillo, Verónica aceptó de inmediato.
En la misma avenida, el auto de la familia Rosales estaba a solo unos mil metros de distancia de Verónica.
—Jefe, esa tal Irene tiene una actitud sospechosa, seguro esconde algo. En cambio, la exesposa de Federico es interesante, parece muy segura de que Irene es una impostora.
Quien llamaba respetuosamente a Joseph era su asistente, Samuel Varela.
—¿Exesposa? —En el teléfono, la voz de Joseph sonaba profunda y grave—. ¿Dices que Federico y Verónica se divorciaron?
—Al menos ya están en el proceso. —Samuel contó tal cual la intimidad entre Federico e Irene.
—¡Poco hombre! —Joseph, siempre frío, rara vez mostraba emociones.
Así que ese insulto cargado de ira hizo que Samuel captara algo extraño.
—Las cirugías de recuperación de Federico fueron todas después de casarse, y quien lo cuidó en el postoperatorio fue esta Verónica, sin un solo error; seguro ella tuvo contacto con Serafina.
Antes de venir a San Eladio, Joseph había investigado a todos los relacionados con Federico, sin dejar pasar ningún detalle.
Por eso le ordenó a Samuel:
—Pon a alguien a seguir a Verónica; si es necesario, usen algunos métodos, seguro averiguarán algo.
—Entendido, jefe.
Mansión Espinosa.
Aimar gritó:
—Joseph jamás se fijaría en ella.
—Claro que no. Comparada contigo, que eres una niña bien, ella no tiene clase. Pero como dice el dicho, la aventura emociona más que lo seguro.
Irene continuó:
—Joseph seguro no se casaría con una mujer así, ¡pero el problema es que ella quiera meterse en la cama de Joseph!
—¡Que se atreva! —Aimar miró con los ojos rojos e hinchados de tanto llorar.
—Mi querida hermanita, si logra colarse en su cama una sola vez, tendrá dinero para gastar el resto de su vida, ¿cómo no le va a tentar?
Con unas cuantas palabras, Irene convirtió a Verónica en la rival de amores de Aimar.
Al verla desesperada, Irene mencionó «casualmente»:
—Ese tal señorito Vázquez que te anda pretendiendo, ¿no tiene un montón de matones a su cargo?
Aimar se iluminó y de inmediato tomó su celular para llamar:
—Santiago Vázquez, ¿no querías invitarme a cenar? ¡Ayúdame a desgraciar a una persona y acepto salir contigo!
Irene curvó los labios, pero en sus ojos brillaba una luz fría y venenosa.
¿Se atrevió a obligarla a hacer una apuesta frente a los Rosales? ¡Pues quería ver muerta a Verónica!

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi exmarido ciego firmó el divorcio sin saber que yo era su salvadora