Verónica, medio borracha, no percibió el peligro; solo sentía el estómago revuelto.
Sacó una rosa y usó los pétalos suaves para acariciar la barbilla sexy del hombre.
—¡No te apenes, «Futuro Esposito»!
—Digo, si estás tan guapo, ¿no es para que todo el mundo te vea?
Mientras hablaba, Verónica le quitó las hojas al tallo y le metió la flor en el bolsillo del traje al hombre.
El rostro atractivo de Joseph se cubrió de escarcha.
¿«Futuro Esposito»? ¿Esta mujer lo estaba tratando como a un gigoló en venta?
—¡Ya basta! —Federico, olvidándose hasta de Aimar, corrió furioso, agarró a Verónica del brazo y la arrastró hacia afuera.
Mientras la arrastraba, no olvidó disculparse con Joseph:
—Disculpe, señor, yo...
La palabra «esposa» se le atoró en la boca y terminó diciendo:
—Ella está borracha.
—¡No estoy borracha! ¡Suéltame! —Verónica se soltó con furia del agarre de Federico y le advirtió—: Ya nos divorciamos, te pido que me tengas respeto.
Le embutió las rosas a Joseph en las manos y luego caminó a pasos agigantados hacia la salida del club.
Federico, lleno de coraje, la siguió.
—Verónica, ¿qué pretendes? ¿Te atreves a seducir a otro hombre en mi cara?
A Verónica casi le gana la risa del coraje; ni volteó, no valía la pena darle explicaciones a Federico.
Pero Federico malinterpretó su silencio como una confirmación, así que se enfureció más.
—¿Cómo caíste tan bajo? ¿O acaso quieres llamar mi atención de esta manera? Eres infantil y ridícula.
Verónica volteó con cara de fastidio.
—¿Ya acabaste? Si ya acabaste, me voy a mi casa a dormir mi sueño de belleza.
—Y guárdate tus ideas, nunca en la vida me vas a gustar.
Federico apuntó con el dedo a la nariz de Verónica, furioso.
—...¿Ya la agarraron? ¡Eso, Santiago! Te debo una grande.
—¿A quién agarraron? —La voz de Federico sonó de repente a sus espaldas.
Aimar se pegó un susto de muerte y colgó rápido.
—Hermano, ¿qué haces aquí?
Federico la sacó de ahí de prisa.
—¿Pues a quién más iba a buscar? ¿Es este un lugar para una señorita como tú?
Recordando que su hermana mencionó a Santiago en la llamada, le advirtió con seriedad:
—No te juntes con vagos como Santiago, ¿oíste? Te vas a casar con Joseph, no te rebajes.
—Entendido, hermano. —Aimar abrazó el brazo de Federico haciendo pucheros, y el asunto quedó ahí.
Ambos salieron del camerino, pero en los ojos de Aimar brilló una luz cruel.
Verónica, ¡no tienes escapatoria!

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi exmarido ciego firmó el divorcio sin saber que yo era su salvadora