—Mamá, ¿de quién hablan?
Serena no pudo evitar preguntar.
Aunque trató de susurrar, su voz suave resonó con claridad en el silencio del baño. Amelia no alcanzó a taparle la boca.
La charla afuera se cortó de golpe.
Amelia no tuvo más opción que empujar la puerta del cubículo.
Frente a los lavabos había dos chicas jóvenes. Al cruzar miradas, la incomodidad se pintó en los rostros de las tres, especialmente en las chicas, que parecían querer que se las tragara la tierra.
Amelia se sintió igual de incómoda, como si la hubieran atrapado espiando.
No reconocía a las chicas, pero ellas evidentemente sabían quién era. La saludaron muertas de vergüenza:
—Señora Ferrer.
Luego forzaron una sonrisa y saludaron con la mano a Serena, que las miraba confundida.
En otro momento, a Amelia le habría molestado el título, pero el ambiente era tan tenso que lo dejó pasar. Les devolvió una sonrisa cortés y tomó a Serena de la mano para salir.
Las chicas parecían a punto de llorar, dándose empujones discretos para que la otra hablara, pero ninguna se atrevía. Justo cuando Amelia estaba por salir, la que parecía llevar la batuta se armó de valor:
—Señora Ferrer.
Amelia volteó sorprendida, pero no pudo evitar corregirla:
—Llámenme Amelia o señorita Soto, por favor.
La chica interpretó que quería distanciarse de Dorian y se le llenaron los ojos de lágrimas:
—Lo que dijimos eran puras tonterías, por favor no se lo tome a pecho, son suposiciones mías.
—No pasa nada. No me lo tomo a pecho.


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