—Además, mis recuerdos creciendo con los Soto no son precisamente buenos. Cuando me fui al extranjero, mi mamá prácticamente me corrió de la casa. No me gustaría que Serena estuviera ligada a ellos. Antes no tenía opción y por eso le puse mi apellido, pero en el futuro, cuando mi papá falte, lo más probable es que ya no tengamos ningún contacto con la familia Soto.
»Todo lo bueno que él hizo por mí, yo me encargaré de agradecérselo en vida. Mi hija no tiene por qué andar cargando con un apellido del que ya me he desligado solo por puro compromiso.
Dorian se quedó en silencio, y la mirada en sus ojos se volvió aún más suave y cálida.
—De acuerdo —respondió en un murmullo ronco—. A partir de ahora será Serena Ferrer.
—¿Mande?
Al escuchar su nombre, Serena volteó, bastante confundida.
Amelia levantó la cabeza para verla. Quién sabe en qué momento la niña se había puesto a esculcar el esquinero, abriendo cajones y buscando más cosas con qué jugar.
¡Ahí era exactamente donde Amelia había abierto los paquetes en la tarde!
Amelia se puso de pie de un salto.
Dorian la vio desconcertado:
—¿Qué pasa?
Amelia ni tiempo tuvo de contestarle. Intentó correr para cargar a la niña, pero antes de dar el primer paso, Serena ya tenía agarrado ese juguetito que Amelia había escondido a las prisas en la tarde. Lo levantó hacia ella y preguntó con inocencia:
—Mamá, ¿qué es esto?
¡Y ya estaba a punto de quitarle la tapa!
El terror invadió a Amelia, quien de un solo brinco se lo arrebató de las manos.
—¡Es un aparato para la cara! ¡Esas no son cosas de niños!
Dorian fijó su vista en lo que ella escondía tras la espalda. Le lanzó una mirada pensativa y, sin decir palabra, estiró el brazo para intentar quitárselo.
Amelia lo apretó con fuerza contra su espalda, negándose a soltarlo. Ya sentía la cara hirviendo, tan roja que parecía estar a punto de estallar de la pena.
Serena la veía sin entender nada:
—Mamá, ¿por qué estás tan roja?

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