El calor le subió nuevamente a las mejillas de golpe.
Trató de dar media vuelta para salir corriendo de ahí, pero Dorian ya la había descubierto y agitó el juguete en el aire.
—¿Para qué compraste esto?
Frunció ligeramente el ceño y puso cara de falsa preocupación:
—¿No te dejo satisfecha?
Amelia no daba crédito a sus oídos.
—¡Yo no compré eso! —aclaró rotundamente con el rostro ardiente de pura vergüenza—. Se lo regaló un cliente a Frida. Seguramente ni sabía qué era y lo metió junto con todos los regalitos de Serena. Yo apenas lo vi en la tarde cuando abrí la caja. ¡No digas tonterías de que no me dejas satisfecha! Si diario acabo muerta de cansancio, por Dios...
La última frase la pronunció casi entre dientes. Al levantar la mirada, se topó de frente con los ojos oscuros y burlones de su marido. Sintió que la cara le quemaba otra vez y dio media vuelta para escapar al baño, pero apenas había dado un paso cuando Dorian le atrapó la muñeca suavemente.
—Si no lo compraste tú, ¿entonces por qué tanto pánico?
Su voz baja y divertida le rozó la oreja. Jalando ligeramente de su brazo, le dio la vuelta y la arrinconó contra la pared.
—Tenía miedo de que fueras a pensar cosas raras —respondió Amelia, ya un poco a la defensiva y haciendo un ligero berrinche—. Además, pensaba tirarlo a escondidas, ¿cómo iba a imaginarme que Serena lo sacaría de mi escondite?
—¿Para qué tirarlo? —murmuró él, bajando el rostro hasta pegar su frente a la de ella. La miró directo a los ojos y añadió lentamente—: Yo no me ofendo si lo usas.
El fuego en la mirada de su esposo hizo que una oleada de calor le recorriera el cuerpo entero. Fue tal la intensidad que ni siquiera fue capaz de sostenerle la mirada y prefirió darle un pequeño empujón.
—Claro que no lo quiero.
Dorian soltó una carcajada ronca, acercó los labios al lóbulo de la oreja de su esposa y luego buscó pacientemente su boca.
Amelia volvió a empujarlo débilmente:
—Todavía no me baño.
—Aprovechamos y entramos juntos.
La frase quedó ahogada entre sus labios. A estas alturas de su relación, ambos conocían cada rincón de los besos del otro a la perfección.
Tan pronto como él tomó la iniciativa, Amelia le correspondió el beso instintivamente. Ninguno tenía prisa, se dedicaron a besarse suavemente, degustándose con lentitud.
Sin detenerse, Dorian alcanzó a cerrar la puerta de la recámara con una mano, mientras con la otra deslizaba los botones de la blusa de su mujer con habilidad envidiable.
—Al rato te compro un equipo completo y nuevo —le murmuró ronco sobre los labios—. No estaría nada mal probar cosas nuevas.
—Ni se te ocurra —lo cortó Amelia sin dudar, tratando de salvar los últimos rastros de sensatez que el calor del momento no se había llevado.
—Uy, muy tarde. Ya hice el pedido por celular —confesó él. Besándola a cada paso, la empujó hacia el baño. De una patada cerró la puerta de cristal y, con la mano libre, giró la llave de la regadera.
El agua caliente cayó de golpe, llenando todo el ambiente de un espeso vapor. Dorian la acorraló contra los húmedos y calientes azulejos, y esta vez el beso que le exigió fue mucho más profundo y dominante...

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