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El lugar estalló en aplausos mientras el mariachi tocaba una melodía romántica y profunda con las guitarras y violines.
La voz solemne pero cálida del maestro de ceremonias resonó bajo los arcos del salón. Después de dedicarles unas palabras de felicitación, invitó a Alejandro, como invitado especial de la pareja, a subir para decir un brindis.
Hubo un momento de sorpresa entre los presentes.
En esa boda se habían saltado el tradicional discurso de los papás, y en su lugar le daban la palabra a Alejandro, alguien que a simple vista no parecía ser muy cercano a los novios.
A Alejandro lo agarraron en curva. Cruzó miradas con Amelia y Dorian, pero de todas formas se levantó, caminó por la alfombra rodeada de flores y tomó el micrófono. Echó un vistazo a todos los invitados antes de enfocar su atención en los novios, que estaban agarrados de la mano:
—Gracias por invitarme. A decir verdad, no soy el amigo más íntimo de los novios, pero tuve la suerte de ver con mis propios ojos cómo su amor se hizo realidad. Antes creía que era casi imposible encontrar la felicidad plena en esta vida, hasta que vi a Dorian y a Amelia aquí esta noche...
Sus palabras, que sonaban muy serenas, se interrumpieron de golpe cuando sus ojos se desviaron por pura casualidad hacia los grandes portones de la hacienda.
Amelia notó cómo la mirada de Alejandro cambiaba radicalmente y cómo apretó el micrófono con fuerza. Intrigada, volteó a ver qué le llamaba la atención allá afuera, y sus ojos se toparon directo con los de Elvia, que estaba entre la multitud de la calle.
Sorprendida, regresó la mirada hacia Dorian.
Él ya se había dado cuenta de todo; le apretó la mano suavemente y volteó hacia Alejandro.
Alejandro se aferró al micrófono y, hablando a mil por hora, soltó:
—En fin, les deseo lo mejor en este matrimonio y que se acompañen para siempre.
Dicho esto, le devolvió el micrófono al maestro de ceremonias, se dio la vuelta y bajó casi corriendo del escenario. Ante el asombro de todos, atravesó rápido entre las mesas y salió volando del salón sin pensarlo dos veces.
Dorian agarró el micrófono con mucha calma, le sonrió a la gente y dijo:
—Le agradecemos sus palabras al señor Terrén. De igual forma, nosotros le deseamos que en este preciso instante él también pueda encontrar su felicidad plena.
Todo el lugar volvió a llenarse de aplausos fuertísimos y chiflidos de alegría.
El maestro de ceremonias retomó el control para continuar, devolviéndole la solemnidad al ambiente:

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