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Como le preocupaba que los tiempos de construcción retrasaran la boda, desde hacía más de seis meses había seleccionado la mejor zona para el evento. Contrató equipos extra de trabajadores y les ordenó que terminaran esa área antes de tiempo. Afortunadamente, lo lograron justo a tiempo.
A Amelia se le llenaron los ojos de lágrimas.
Abrió los brazos y lo abrazó con fuerza.
—Dorian, muchísimas gracias. Me encanta, de verdad me dejaste sin palabras.
Dorian soltó una risa suave y le acarició la cabeza. Se separó un poco y le limpió las lágrimas con el pulgar.
—Me hace muy feliz que te encante.
Luego echó un vistazo por la ventana del coche.
—Anda, ve a arreglarte para que no se nos haga tarde.
Amelia asintió.
—Está bien.
El equipo de estilistas ya la esperaba afuera del coche. También estaban Frida y Dalia, que iban a ser sus damas de honor.
Yael y Rufino Molina serían los padrinos de Dorian.
El lugar ya estaba espectacularmente decorado con colores vibrantes por doquier. Un largo camino tapizado con pétalos de bugambilias y cempasúchil seguía la ruta empedrada de la hacienda hasta el salón principal. Por todos lados colgaban coloridas tiras de papel picado que bailaban con la brisa bajo los arcos, acompañadas del suave movimiento de linternas de hojalata en forma de estrellas. Unos jinetes con elegantes trajes de charro hacían guardia a los costados. Se escuchaba la música de mariachi con las guitarras y trompetas a todo lo que daban; entre gritos de emoción y un ambiente iluminado de magia, todo el lugar parecía una gran fiesta tradicional mexicana.
Amelia sintió un nudo en la garganta.
Frida y Dalia se acercaron sonrientes y la llevaron empujándola suavemente hacia la habitación donde la iban a arreglar.
El cuarto conservaba todo el encanto rústico y romántico de una vieja hacienda.
Había una enorme cama de madera tallada cubierta con un sarape artesanal de otomí lleno de colores vibrantes y figuras de animales. El tocador, decorado con azulejos de talavera, lucía un alhajero de plata con estilo antiguo donde guardaban una deslumbrante peineta labrada a mano y un majestuoso velo de encaje.
Su precioso vestido de novia, que Dorian había mandado a hacer a la medida exclusivamente para ella, colgaba en una esquina de la habitación.
En cuanto Serena entró y lo vio, soltó un «¡Guau!» de pura admiración, haciendo reír a todos los presentes.

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