Paloma no había terminado de hablar cuando el pulgar de Candela ya estaba a punto de marcar el número.
Si esa llamada se hacía, la reputación de la familia Arroyo se iría al suelo.
Y peor aún, justo acababan de aparecer juntos, presumiendo en los medios que su matrimonio era perfecto.
Hasta Paloma, siendo solo una empleada, entendía que eso jamás debía salir a la luz.
—¡Señora! ¿Por qué llegar a estos extremos? Si esto se sabe, ¿cómo van a seguir con su vida usted y el señor?
Candela tenía la mirada cargada de una tristeza gélida.
¿Cómo seguir adelante…?
Ella y Fidel ya no podían seguir.
—Déjame ir. Si no, además de avisar a la policía, voy a contarle a todos los medios que Fidel me tiene encerrada.
—Está bien, está bien, señora, tranquilícese. Ya la dejamos salir.
Paloma avisó a los demás que se apartaran.
Al ver que finalmente el grupo que la rodeaba se dispersaba, Candela no perdió ni un segundo, se dio la vuelta y salió corriendo del patio, con miedo a que si dudaba un momento, jamás lograría escapar.
Las residencias Monarca estaban ubicadas a medio camino de la montaña Cumbre Armonía; solo los residentes podían entrar, y para salir de ahí, o tenías carro o tocaba caminar.
Candela no se atrevió a regresar por su carro, así que se apresuró a bajar la montaña a pie.
Revisó la hora: aún faltaban dos horas para su entrevista. Si se apuraba, tal vez alcanzaría a llegar.
En ese momento, los tacones solo le estorbaban.
Sin dudarlo, se los quitó y siguió descalza por el camino empedrado, en pleno diciembre.
A esa hora, el camino estaba casi vacío. De vez en cuando pasaba algún carro, pero al ver a una mujer descalza por una zona tan exclusiva, nadie se detenía.
Así, paso a paso, Candela llegó hasta abajo y por fin tomó un taxi.
No sintió dolor mientras caminaba, pero al sentarse en el asiento del taxi, el ardor le atravesó los pies.
Las medias estaban empapadas de sangre y pegadas a la piel, y cada movimiento le hacía ver estrellas.
Pero no tenía tiempo para cuidar sus heridas.

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